6/12/19

Luis Denis Zambrana: un pionero del cine sonoro en Málaga

Por Rafael Vidal Delgado
NOTA PREVIA
El presente trabajo aparenta ser la biografía de Luis Denis Zambrana, pero no es solo el único objetivo del autor, sino muy especialmente, narrar una forma de vida en la Málaga de 1920 a finales de 1980. En esta historia pueden reflejarse la vida de muchos malagueños.
SEMBLANZA
Es imposible desarrollar en unas breves líneas, todos los negocios de las familias Denis y Zambrana, dentro de Málaga y su provincia, por lo que el presente trabajo, lo es a modo de homenaje a Luis Denis y posteriormente iré desarrollando de forma más pormenorizada, la gran cantidad de negocios de esta saga de apellidos, abarcando los más dispares campos de la economía malagueña: aserradero, imprenta, librería, cinematografía, automóviles, etc., destacando tres sectores, el de la imprenta, librería y principalmente cinematografía, llegando a disponer de varias salas de cines en Málaga y provincia.

No he sido un estudioso de la historia del cine, aunque algunos de mis yernos son amantes de las películas antiguas que atesoran con tanto cariño como cuando en mi biblioteca aparece una primera edición de una obra pasada, pero en mi persona queda una peculiaridad, la de ser sobrino y yerno de Luis Denis Zambrana, dos apellidos malagueños unidos a la librería y a los cines.
Terminados los estudios escolares, Luis Denis se prepara concienzudamente en conocer las nuevas tecnologías que, en aquella Málaga de la década de los años veinte del siglo pasado comienzan a desarrollarse: los motores de explosión y el cine sonoro.
En la Málaga de la época las únicas escuelas en donde se podían cursar estudios, tras las primeras enseñanzas eran la Normal de magisterio, Comercio, esta última desde 1887, cuando se crea la Escuela de Comercio de Málaga (Real Decreto de 11 de agosto de 1887), convertida en Escuela de Altos Estudios Mercantiles en agosto de 1922, dependiendo de la universidad de Granada [1] y la Escuela de Peritos, creada el 6 de octubre de 1925, al amparo del Real Decreto de 4 de septiembre de 1850, aunque en la misma solo se impartían las enseñanzas del nivel “Elemental”, cursándose el de “Ampliación” en Sevilla y el “Superior”, exclusivamente en Madrid.
No sabemos si Luis Denis llegó a estudiar en esa incipiente escuela de peritos, aunque no exista documentación sobre ello y su esposa Silvia Delgado Sedano, indica que nunca llegaron a hablar de este tema de los estudios, lo que es cierto y está demostrado es que se convierte en un experto mecánico y conocedor de los motores de explosión, de tal manera, que le oí contar, siendo jovencillo, que su primer negocio, con menos de veinte años fue el de arreglar una motocicleta que había tenido un accidente y que estaba destrozada, desmontarla pieza a pieza, haciendo o recuperando las dañadas de forma manual y volver a montarla, vendiéndola por 500 pesetas de la época, una pequeña fortuna.
Por ello es de presumir que Luis Denis cursara los estudios del peritaje elemental, similares a los posteriores de “maestro industrial” y en la actualidad de formación profesional, en la rama de mecánica.
Además, para corroborar, aunque no documentalmente esta afirmación, debemos recordar que la primera escuela de peritos se constituye en la calle de la Regente, es decir muy cerca de la vivienda del joven Denis. 

Los padres de Luis Denis eran José Denis Ambrosio y Trinidad Zambrana Quiguisola, el primero dedicado al negocio de compra y venta de vinos y la segunda de una familia empresarial, cuya madre Adela Quiguisola [2], figura entre los personajes malagueños, llamada “la matriarca de los hermanos Zambrana”, mujer emprendedora, disponiendo de una calle, con su nombre, en el barrio de la Trinidad.
Poco se sabe del padre, su rastro se pierde en Ceuta, donde fue enterrado, por lo que Trinidad Zambrana, la madre, impulsó, al igual que lo hizo la suya, que sus cuatro hijos varones: José, Juan, Luis, Agustín, se hicieran un hueco en la vida profesional malagueña, consiguiendo que su hijo Luis Denis Zambrana, entrara a trabajar, a la edad de 14 años, en el cine Moderno, del que era dueño uno de sus hermanos, Rafael Zambrana Quiguisola.
El hecho que Luis se ponga a trabajar a tan temprana edad, no quiere decir que abandone los estudios técnicos, teniendo en cuenta que el cine se proyecta por las tardes, por lo que tiene todas las mañanas para hacerlo, por ello y con solo 18 años, se presenta a los exámenes teórico-práctico de “Operador Cinematográfico”, realizado en el Gobierno Civil de la provincia, obteniendo el título en 1929. En documentación oficial posterior disponible sobre el personaje, junto con sus datos personales, en el apartado profesión, figura el de “Operador cinematográfico”. 
En su “carné” figura, que ha demostrado la necesaria suficiencia en el manejo de una serie de aparatos cinematográficos, entre ellos el Gaumond. Entre los papeles antiguos del Luis Denis se encuentra un folleto, fechado en 1924, que fue uno de los que estudió para realizar el examen y en el cual, se pueden encontrar recomendaciones, como las que a continuación se recogen:
“Todo operador concienzudo, que desea la buena conservación de las películas y obtener una hermosa proyección sin contratiempos e interrupciones, debe antes de cada sesión, dar a su aparato los cuidados que detallamos a continuación, los cuales son desde luego, indispensables a toda máquina de alta precisión:

Limpiar con un pincel el polvo y todo lo que pueda depositarse sobre las distintas partes del aparato, limpiando particularmente, y si es preciso con un trapo, el cilindro dentado que sirve para el arrastre intermitente de la película; este cilindro, así como los dos tambores de bronce, deben siempre ser objeto de la mayor limpieza y sin aceite”.
  
“Cuando las películas proyectadas son nuevas, puede darse el caso de que se desprendan trocitos de gelatina que se pegan fuertemente a las correderas de la ventanilla del proyector. Estas aglomeraciones de caspa pueden fácilmente rayar la película, por lo tanto es indispensable quitarlas cuidadosamente después de proyectada la película, sea rascando con la uña, o bien con un pequeño raspador de cobre, pero nunca de hierro o acero, pues con dichos metales se corre el riegos de rayar las correderas”.
Aparte del anterior, nos imaginamos que Luis Denis dispondría de algunos textos, existiendo en la década de 1920 un libro del ingeniero W.W. Parker, conservándose un ejemplar en la filmoteca de Cataluña. 
Hemos visto los conocimientos mecánicos de Luis Denis, reconstruyendo una motocicleta, aunque sus habilidades se ampliaban a los nuevos aparatos de radio, recogiéndose anuncios de libros relacionados con estas nuevas técnicas.
De sus conocimientos sobre radio y telecomunicaciones, tenemos el testimonio de una foto, databa pasada la década de 1940, en donde se observa a un joven Luis Denis, junto con otros expertos en las nuevas tecnologías, figurando entre ellos el padre de mi consuegra, José Gil, que dedicó buena parte de su vida a esta profesión.
Retomando la trayectoria de Luis Denis, en el momento de su estrenado título de “operador cinematográfico”, continúa en su trabajo en el cine Moderno.
El 6 de octubre de 1927 se estrena la película “The Jazz Singer”, considerada la primera película sonora, pero hasta 1930 no se introdujo totalmente el cine sonoro en la provincia de Málaga.
Hasta ese año, Luis Denis siguió proyectando cine mudo. En la década de 1950, cuando yo era “casi un hombrecito” con siete y ocho años, Luis Denis, me llevaba en el coche en sus múltiples ocupaciones. La verdad es que hacía una extraordinaria labor a pesar de mi corta edad. Luis aparcaba su coche, un Topolino y luego un Ondine, donde podía de la ciudad de Málaga, encargándome que permaneciera en el coche y que si llegaba un guardia le dijera que regresaba en un momento ¿Qué haría Luis sin mí, en época de colegio? Parece ser que las multas de tráfico se amontonaban en su buró.
En las mañanas de coche hablábamos de cine y me narraba anécdotas del cine mudo, en el cine Moderno, con una orquestilla de tres o cuatro músicos que se apretaban entre los espectadores y la pantalla, tocando a discreción una melodía improvisada cada día, aunque fuera la misma película. No había partitura y de esta forma si el protagonista caminaba, la música era suave, no digamos cuando un casto beso se plasmaba en la pantalla; el cabalgar del caballo enardecía la música y el público vibraba al son de ella y con las escenas en blanco y negro [3].
Un accidente inesperado iba a cambiar drásticamente la situación. El 11 de octubre de 1929 se quemó el cine, perdiéndose numerosas cajas de películas y lo que fue más grave, la sala quedó destrozada, quedándose en “paro” todos los que trabajaban en él.
La mente inquieta de los Zambrana hizo surgir en la suya la idea de convertirse, junto con un primo suyo, en empresarios de cine, para lo cual compraron una vieja cámara de proyección y se recorrían, con anuncios previos de su llegada, los pueblos de la provincia, en un coche de un pariente suyo, con la cámara en el asiento trasero.
Una vez, estando en Sevilla con él, me señaló el anuncio del Studebaker que había en la calle Tetuán y me indicó que en un coche como aquel recorrían los pueblos. A continuación, se refería a la marca del vehículo, como magnífica, contándome que cuando fueron a recogerlo, se encontraba en un garaje de un pariente, lleno de polvo y con la apariencia de que hacía meses de que no se usaba. Le echaron un poco de gasolina y luego con la manilla del motor, pusieron en marcha el coche, demostrando con ello su bondad.

La llegada del cinematógrafo era un acontecimiento local. Se acondicionaba la plaza del pueblo y se vendían las entradas en una taquilla portátil. No había sillas, sino que cada asistente tenía que trasladar una de su casa. Se acotaba el espacio y los únicos que podían ver bien la película eran los que habían adquirido la entrada, aunque el resto del pueblo se contentaba viendo lo que podía.
Al igual que en el cine Moderno, también había música en las proyecciones que Luis Denis llevaba a los pueblos. En ocasiones, contrataba un pianista, transportando el piano en una furgoneta (habría que ver el desafino) y otras veces lo hacía con alguien del pueblo que tenía uno. Como se ha comentado anteriormente, las músicas de las películas no tenían partitura, sino que el pianista tocaba al son de las imágenes que veía.
Para Luis Denis, a finales de la década de 1920 y la siguiente, solo había dos cines dignos de serlo: el Pascualini y el Moderno.
Llega el cine sonoro y Luis Denis puede ser considerado como uno de sus pioneros, no en la capital, que ya se acondicionaban algunos, sino en los pueblos.
Inauguró el cine sonoro en los municipios de Torremolinos, Fuengirola, Mijas, Marbella, Estepona, Casares, San pedro de Alcántara, Alhaurín el Grande, Tolox, Monda, Pizarra, Alora, Campillos, Teba, Colmenar, Alfarnate, Torre del Mar, Nerja, Torrox, Cómpeta, La Roda de Andalucía (Sevilla) y Alhama de Granada. Era un cine itinerante y Luis Denis en una camioneta, con una máquina, acompañado de un ayudante, iba de un pueblo a otro, principalmente los fines de semana. Las películas se proyectaban en un local cerrado o abierto, cuando llegaba el buen tiempo y la gente acudía al cine con su silla. En los días de cine la guardia civil o la policía local, en los pueblos que había, mantenían el orden, impidiendo que nadie cruzase la línea que marcaba que había que abonar entrada y colocarse en un buen lugar, o ver de lejos la pantalla. La realidad era que la llegada del cine a los pueblos era todo un acontecimiento y las fuerzas vivas de la localidad se acercaban al peliculero como si fuera un extraterrestre. Luis Denis les comentaba pormenores de la máquina y de la película.
Del cine en Málaga se ha escrito mucho, siendo Mari Pepa Lara, la gran archivera municipal durante muchos años, la que ha más ha sacado a la luz su vida, pero en esta historia aún quedan escritos o, mejor dicho, “palabras” inéditas, como son las pronunciadas por Luis Denis con motivo de un ciclo de conferencias o similar sobre la llegada del cine sonoro a Málaga.
En el texto leído por Luis Denis no figura la fecha, siendo, al parecer, parte de un ciclo de conferencias, indicando que de la “llegada del cine sonoro a la capital, no puedo decir nada que no haya dicho el día 16 nuestra archivera municipal, en su gran conferencia, la señorita Mari Pepa Lara, que estuvo muy documentada y amena, por lo que la vuelvo a felicitar, ya que la tenemos entre nosotros”. Seguramente correría la década de los ochenta del siglo pasado.
Luis Denis expuso el tema: “La llegada del cine sonoro a los cines de barrio”, expresando que hubo muchas dificultades, “porque vinieron por el sistema de discos, y para ello tenía que estar sincronizado el sonido con la imagen, pero algunas veces saltaba un surco la aguja en el disco y ya iba el sonido por un lado y la imagen por otro, para remediar este lío en lo posible, se le daban tirones al disco, o se paraba levantando el disco del plato de arrastre y se ponía nuevamente donde aproximadamente se creía que podía estar la imagen”.
Otro episodio de ese cine ancestral era el de los rollos de películas que llegaban a esos cines, tras haber sido emitidas cientos de veces en otras salas de mayor enjundia. Las cintas se rompían y las “distribuidoras” y en ocasiones el propio “operador”, en este caso Luis Denis, unían los trozos con cola negra, con lo cual la pantalla se quedaba en negro oyéndose el sonido y por supuesto el griterío del público asistente.
¿Los tiempos pasados fueron mejores? Quédese la interrogación, pero desde luego lo que está pasando a la historia son los cines, teatros, revistas y otros espectáculos públicos. Para ir a ellos se ponían los caballeros chaqueta y corbata y las damas sus mejores trajes; en ellos se saludaban unos y otros y en los entreactos se hacía vida social y se intercambiaban rumores y noticias; en ellos los novios podían dar un beso candoroso a su novia y las parejitas se cogían de la mano como si aquello fuera el paraíso. Todos tienen historias que contar de algo que le pasó en una de esas salas, historias que las generaciones futuras se van perdiendo, como es el cine “Pascualini”, que solo es un recuerdo del pasado.
La década de los treinta, al menos hasta 1936, inicio de la guerra civil española, el cinematógrafo era tal como se ha narrado y la vida de Luis Denis, como miles de jóvenes, se ve arrastrado a la vorágine de la contienda y en 1937, es llamado a filas y dados sus conocimientos de los motores de explosión y de la conducción de vehículos, es destinado a una compañía de automovilismo.
En donde puede observarse que poseía el permiso de conducir de primera clase, que le fue canjeado para poder conducir vehículos militares, siendo ascendido a cabo, figurando, además, una orden de servicio, ordenándosele transportar un grupo de artillería del 10,5 mm (actualmente 105), presentándose en “Cabeza de Buey” al comandante de Artillería.
De estas órdenes militares me contaba escenas, no dramáticas, sino pintorescas, como aquellas órdenes, como la anterior, en donde solo decía el lugar, sin conocer la situación y él, que iba en primer camión, preguntaba a todos los que se encontraban por el camino qué dónde estaba el lugar “Cabeza de Buey”.
En una ocasión, con dos o tres camiones, lo adscribieron a una brigada de caballería, al cuartel general. En aquellos años la caballería seguía yendo a caballo y en una ocasión la orden fue que estuviera a una hora determinada con sus camiones, el cerro “tal”, que iba a ser conquistado al enemigo. La misma orden le dieron al “chófer” del general, que era un taxista movilizado.
A la hora en punto, estaba el cabo Denis con sus camiones y al poco llegó el cuartel general a caballo, montando las tiendas y todos los mapas, para planear las operaciones del día siguiente. El ayudante del general le preguntó que dónde estaba el coche del general, que tenía que trasladarse al cuartel general superior para una reunión. El general tuvo que trasladarse en la cabina de uno de los camiones. Al día siguiente apareció el conductor del general y el vehículo.
En 1939 la guerra tocaba a su fin y comenzaron las desmovilizaciones, principalmente en el ejército del Sur, al que pertenecía, siendo licenciado en el mes de febrero, reincorporándose a su antiguo trabajo en el cine Moderno, como “jefe de cabina”, dando fe de ello, el contrato firmado con su tío Rafael Zambrana.

La década de 1940 fue muy dura en España, por un lado, la Segunda Guerra Mundial y por otro el aislamiento sufrido a raíz de la victoria aliada sobre Alemania, pero a pesar del racionamiento y el hambre, todavía le quedaba algo de dinero a los españoles para gastarlo en el cine.
Sin dejar el trabajo en el cine Moderno, Luis Denis alquila un local en la cercana barriada de Churriana, en el actual salón “Variedades”, llamado igual en aquellos años. Instala una sala para invierno y un espacio para cine de verano.
Este cine dejó de tener actividad a finales de la década de 1960, debido a que el entonces ministro de “Información y Turismo”, Manuel Fraga Iribarne, sacó una normativa sobre las salas cinematográficas, con la obligación de disponer de unos medios mínimos de comodidad y de seguridad para las personas. Además, la llegada de la televisión a muchos hogares y lugares de reunión, redujeron el número de espectadores.
Las obras que había que acometer en el cine, eran demasiadas y muy costosas. Luis Denis tenía en aquellas fechas más de 55 años y tenía otros negocios, por lo que decidió cerrar el cine, quedando, desde esa fecha, el edificio, sin ninguna actividad.
Siendo pequeño, en este caso con 12 o 13 años, por las mañanas me iba con él a Churriana. La carretera era estrecha, serpenteando plantaciones de caña de azúcar. En algunas ocasiones, paraba el coche, me daba una navaja, para que cortara un tronco de caña de azúcar, manjar para los niños de la época [4]. Fue una época en que tuvo que remodelar la sala de invierno, porque le habían denunciado que las condiciones acústicas no eran muy buenas. Cambió todas las butacas y para el techo lo cubrió con telas que colgaban combadas del artesonado.
En el buró de Luis Denis había permanentemente un libro muy grande, dedicándose parte de cada hoja a una película. Me sorprendía que había películas contratadas y que se iban a proyectar en el cine de barrio al cabo de dos o tres años y que en aquellos momentos estaban de estreno en las salas de este nombre en el centro de la ciudad.
Luis Denis tenía muchas conversaciones por teléfono al día. Era complicada la contratación de películas y para ello había que estar en permanente contacto con las distribuidoras, algunas de ellas con representantes en Málaga y otras en Madrid o Barcelona. Las conferencias de aquellos años cincuenta no eran como ahora, que se marca el número y sale el usuario en la otra terminal, sino que se hacía a través de operadora, indicándote ésta que tenía tanto tiempo de demora. Luis Denis no podía permanecer tanto tiempo al teléfono y constantemente se peleaba con la operadora y oíamos “señorita hace media hora que me dijo que me iba a poner con tal o cual número”.
Luego estaba la confección de las entradas, eran por película y por sesión. Tenía que llevarse previamente a que las sellaran a un organismo oficial y también a menores. El problema era que las entradas selladas eran las únicas que se podían vender, y se pagaba un impuesto por cada una de ellas, con lo cual el empresario tenía que ser cauto a la hora de evaluar la afluencia de público a la sala.
El intercambio de películas era toda una odisea, porque en aquel famoso libro de Luis Denis, venía la trazabilidad de la película, es decir las veces que había sido proyectada, las proyecciones anteriores, desde qué ciudad tenía que llegar la película y en los rollos que contenía. Demasiadas vicisitudes para una España desestructurada, con un tráfico comercial a base del ferrocarril, sujeto a múltiples retrasos, incluso de días.
Para aquellos momentos los peliculeros malagueños tenían en reserva una serie de películas, siempre las mismas. Me acuerdo que Luis Denis, cada vez que le fallaba una, ponía “Esa voz es una mina” de Antonio Molina y, curiosamente, el cine se le abarrotaba, proyectándose dos o tres veces cada año.
Cuando el cine Moderno se cerró, en 1968, Luis Denis pasó de jefe de cabina al cine Avenida y posteriormente al Albéniz, siendo propietario Braulio Murciano, retirándose de esta actividad al cumplir los 65 años.
Hasta la década de los noventa, la reproducción cinematográfica seguía siendo analógica, necesitándose una máquina reproductora y una película enrollada en una bobina. Luis Denis se convierte a partir de la década de 1950 en el más antiguo y prestigioso “operador de cine”, por lo que participa en todos los tribunales, convocados por los ministerios de Industria, primero e Información y Turismo después, para otorgar dicho título a los jóvenes y mayores que querían dedicarse a esta profesión.
La jornada laboral en un cine comenzaba a las cinco de la tarde y había tres funciones, la primera a dicha hora, la segunda a las siete y la tercera a las nueve, pero en algunos casos se llegaba a promover una nueva sesión, que comenzaba a las 11 de la noche y terminaba a la una de la mañana, siendo a esa hora, la que muchas noches llegaba a su casa.
Los sueldos en la España de la posguerra eran escuálidos y si se quería vivir mejor, había que recurrir a disponer de varios trabajos.
Mis primeros recuerdos sobre mi padre, los tuve con pocos años, siendo capitán y comandante. Cada día, temprano, se iba al cuartel, comía en casa y a las tres o las cuatro de la tarde, salía hacia un trabajo adicional, empleándose la mayoría de los militares de carrera en dar clases de matemática, física y química en colegios privados. Mi padre inauguró unos cursos de formación profesional obrera, cursos intensivos, creados por el ministerio de Trabajo del Gobierno de Franco, para elevar el nivel tecnológico de la clase obrera, siendo muy relevantes estos cursos en la década de 1960.
Luis Denis tenía toda la mañana libre, por lo que decide que, durante dicho intervalo de tiempo, podía tener otro empleo.
Pero su pensamiento no es el ser asalariado, sino empresario y, al igual que sus primos Zambrana, monta una imprenta con otros dos socios. El negocio funcionaba, pero no estaba a gusto, porque sus socios no se esmeraban en el trabajo, decidiendo romper con ellos y establecerse, como se dice hoy en día como “freelance”.
Se lleva con él a unos buenos clientes, entre ellos “Fertiplan” y “Domínguez Toledo”, posteriormente “Domínguez de Gor”.
Fertiplan era una empresa exitosa, de nutrientes para plantas y aún sigue existiendo, aunque la competencia le ha restado “posicionamiento” [5] en el mercado.
Diariamente se vendía miles y miles de cajitas de fertilizantes y dentro de ellas había una hojita, de papel de “biblia” en donde figuraba sus características y modo de empleo, pues bien, Luis Denis era el que proporcionaba esos prospectos de imprenta, para ser introducidos en las cajas.
Tras realizar trabajos con varias imprentas, conoce a Juan, propietario de la imprenta Hermes, persona seria y trabajadora y que además tenía un maestro de “cajistas”, un tal Antonio que, a velocidad de vértigo iba confeccionando las distintas líneas de la plancha que debería imprimir la página. El trabajo de “cajista” no era nada fácil, porque cada línea debía tener el mismo número de caracteres y rellenar con una pieza en blanco la separación de las palabras.
La mesa de trabajo de Antonio era muy similar a la de la figura, pero destacaba en un lateral, tres o cuatro diccionarios: de la RAE, de sinónimo y antónimos, Casares, etc., porque decía que un buen cajista no podía permitirse faltas de ortografía.
   
La imprenta Hermes, regentada por un hijo y me imagino que por algún nieto de Juan, se encuentra en el mismo lugar.
Pero el espíritu inquieto y emprendedor de Luis Denis, no se quedaba en sus actividades laborales en los cines Avenida y posteriormente en el Albéniz, ni siquiera en sus negocios de imprenta, sino que su multiempleo se extendió a otros sectores.
Antes lo hemos expuesto: los sueldos eran escasos, en las casas solo trabajaba el varón, por lo que tenía la responsabilidad de trabajar doce o catorce horas para “llevar o traer” dinero a la familia.
Se hizo “agente comercial”, anteriormente se llamaba “representante de una o varias marcas”, pero parece ser que en la década de los setenta se creó el colegio oficial de agentes comerciales o al menos algún tipo de colegialidad. Se constituyó una mutua y parte de los ingresos iban a engrosar sus arcas, para que en la edad de jubilación quedara algo para los mutualistas.
Recuerdo varios productos, ni mucho menos similares, sino de lo más dispar. Comenzó a “representar” al “papel Albal”, pero no estuvo mucho tiempo con dicha marca. Él se movía en el mundo de la papelería y de la imprenta, por lo que intentaba introducir el producto en esos negocios, lo cual, estaba claro, que no era el lugar adecuado. Me contaba que a los mejor le pedían entre varias papelerías buenas de Málaga, diez o doce rollos.
No tuvo visión del negocio, en aquel momento falló, porque había que venderlo en los mercados de abasto, en los supermercados y en las primeras cadenas de distribución que llegaron a España, como por ejemplo “Spar”, y no en donde lo intentó hacer.
No se amilanó por este fracaso y se ofreció a representar “Mabogastrol”, que fue un verdadero éxito.
Las comidas copiosas, con mucha grasa y con muchas especies de la década de los setenta, solamente tenía remedio en el bicarbonato y en cualquier bar o restaurante era normal, que un cliente pidiera el bote de bicarbonato y, con una cuchara y un vaso de agua, apagaba el ardor de su estómago.
Un episodio trágico ocurrió con este motivo, fue en Sevilla, en la cafetería “Coliseo”, por estar anexa al teatro-cine del mismo nombre. Un cliente se encontraba con su mujer, luego se descubrió que era capitán de Regulares, pidió bicarbonato, pero por trágica coincidencia, había comprado el dueño del establecimiento “matarratas” y utilizó un bote de bicarbonato que estaba vacío para almacenarlo. El camarero de turno entregó el bote al cliente y a los pocos minutos y tras desvanecerse moría en medio del estupor general. El revuelo fue enorme y con trascendencia en los medios de comunicación de aquellos años (en este caso década de los sesenta).
El Mabogastrol venía a remediar los males estomacales y además tenía, no solo restauración del equilibrio ácido del estómago, sino que también propiedades terapéuticas, por lo que su venta, y por tanto su compra, se hizo masivo. Lo probé en alguna ocasión y sabía a anís, también el farmacéutico expendedor, aclaraba al cliente que no se asustara si las heces siguientes salían negras, que eran efecto del medicamento. Luis Denis también advertía de este detalle.
El medicamento “vaca” duró los años en que estaba posicionado en el mercado, como por ejemplo un antibiótico que tuvo mucha resonancia: “Clamoxil”, no había otro o al menos no con sus características y se recetaba muchísimo, hasta que los competidores buscaron otros mejores. Eso le ocurrió al Mabogastrol.
Al cumplir los 65 años se jubiló de su profesión principal, la de jefe de cabina, corría el principio de la década de 1980. El “Mabogastrol”, que tantos ingresos le dio, buscaba gente más joven que viajara por los pueblos y vendiera el producto, por lo que Luis Denis se encontró por primera vez sin saber qué hacer. Aparte, por supuesto, de llevar y traer nietos y de hacer el curso de “ibm”, es decir, hacer recados para la casa.
Un antiguo amigo, bastante más joven que él, Adolfo Ledesma Tirado, tenía la representación en Málaga de General Ibérica de Extintores, S.A., marca más conocida por Zenith, ayudándole Luis en la venta de los mismos, recorriéndose todas las empresas con las que había tenido contacto a lo largo de su vida en activo, ni que decir tiene, que los extintores que teníamos en el coche y la cocina de las casas de su familia, eran de dicha marca.
Fueron sus últimos negocios. Entra la década de 1990 y Luis Denis ya cruza la frontera de los ochenta años, dedicando su mañana a visitar con el coche a sus familiares “Denis” y “Zambrana”, siendo el comunicador de todo lo que ocurre en la familia. Poco a poco estas “cochás”, como decíamos los suyos, se fueron espaciando, los años son inapelables, matando sus mañanas paseando a su perrito “Urco”, al que daba todos sus caprichos.
Luis Denis falleció a los 94 años de edad, siendo un buen representante de su generación en la ciudad de Málaga.



[1] Facultad de Comercio de la UMA. Historia de la Facultad de Comercio. Consultada el 15.09.2019. https://www.uma.es/facultadcomercio/info/13109/historia-facultad-comercio/
[3] HISTORIA DEL CINE EN MÁLAGA (1809-2008) Ayuntamiento de Málaga. Esta historia, narrada por Mari Pepa Lara, se recoge que el pianista era Julio Zambrana, mientras que el jefe de cabina era Rafael Zambrana y su ayudante Luis Denis Zambrana. Pág. 34.
[4] Por las calles de las ciudades y pueblos, se vendía trozos de tronco de caña de azúcar. Su precio un “perra gorda” (10 céntimos de peseta) y los niños lo masticábamos, extrayendo con nuestros dientes el dulzor del azúcar, tirándolo cuando ya estaba convertido en una especie de estopa, después de tanto masticar y chupar.
[5] En Marketing se llama posicionamiento de marca al lugar que ocupa la marca en la mente de los consumidores respecto el resto de sus competidores. El posicionamiento otorga a la empresa una imagen propia en la mente del consumidor, que le hará diferenciarse del resto de su competencia. Esta imagen propia, se construye mediante la comunicación activa de unos atributos, beneficios o valores distintivos, a nuestra audiencia objetivo, previamente seleccionados en base a la estrategia empresarial.

3/11/19

Apuntes para una historia de los cameranos en Málaga (3 de 3)


Por Fernando Alonso González

LA VIDA DE LOS CAMERANOS EN MÁLAGA

Cuando llegaba a Málaga un camerano, sus propios paisanos le proporcionaban colocación o los contactos para comenzar a labrarse un porvenir. Como dijimos más arriba, encontraban una estrecha solidaridad, cálida humanidad y fraternal compañerismo detrás del mostrador, ya que casi todos se dedicaron a la actividad comercial. En Málaga, la calle más solicitada por los comerciantes era la calle Nueva, en la que en la segunda mitad del siglo XIX el número de tiendas era mayor que el de hoy, ya que la especulación y la escasez de suelo disponible hacía que muchos comercios tuvieran solo unos tres metros de fachada y algunos más de profundidad, lo que daba lugar a unos locales de unos 20 metros cuadrados o poco más. Las tiendas eran pequeñas, con escaso atractivo visual y deficiente iluminación.

A mediados del siglo XIX había en la calle Nueva aproximadamente 70 locales, que actualmente se reducen a unos 38, de los que muy pocos conservan el tamaño original: corresponden a los números 8 y 21 de la calle Nueva. El historiador malagueño Víctor Heredia9 llama a estos pequeños locales de “sala y alcoba” porque, aunque hoy nos parezca sorprendente, eran utilizados también como vivienda, ya que los propietarios y los empleados dormían en la trastienda, a veces en pequeños habitáculos improvisados sin las menores condiciones higiénicas, o incluso detrás de los mostradores en unos colchones que se sacaban debajo de estos.

Los dependientes estaban empadronados debajo del nombre del dueño, algunos de los cuales llegaban cuando eran niños porque sus padres se los encomendaban al dueño para que los hicieran “un hombre”, y permanecían toda la vida en la tienda. Eran una especie de empleados versátiles, ya que atendían al negocio y muchas veces ayudaban también en las labores domésticas. Aquello era su casa y su familia. Después de comer se les ponía una cafetera para que fueran diligentes en su trabajo y, de noche, vino para que no salieran y se durmieran pronto. Las tiendas abrían muy pronto, a las ocho de la mañana o incluso antes, y permanecían abiertas hasta bien entrada la noche, aunque suponemos que los dependientes se turnaban para abrir o cerrar el negocio. Como tampoco descansaban los domingos, unos treinta empleados del comercio textil se declararon en huelga el 26 de julio de 1872 y elevaron a sus jefes un manifiesto en el que pedían descansar los festivos, como ya se hacía en Barcelona o en Sevilla. Todos accedieron a sus peticiones menos tres comerciantes de la calle Nueva, contra los que hubo protestas.10

Lo más sorprendente de todo es que no cobraban mensualidades, sino que el dueño les iba acumulando el dinero año tras año y, tras diez o veinte años de trabajo, lo cobraban todo de golpe y se establecían por su cuenta, ayudados por sus antiguos jefes. Eran otros tiempos...

Clemente Solo de Zaldívar es el último camerano que queda en la calle Nueva y es propietario de Zaldihogar, un negocio textil como el de sus antepasados. Recuerda por tradición familiar algunas anécdotas de esta forma de vida tan sacrificada. Así, era común colocar un paño rojo para indicar que ya podía subir a comer el siguiente dependiente. Muchos eran conocidos por la calle por su peculiar forma de andar, como si fueran “limpiando” la calle ya que, de tantas horas que pasaban detrás del mostrador pegando los pies a este, andaban con los pies en ángulo recto. Algunos recibían el domingo una pequeña cantidad de dinero para que se tomasen o se comprasen algo y eran tan honrados que devolvían a su jefe lo que les había sobrado. Y así podíamos seguir refiriendo historias y más historias de unos tiempos que ya han caído en el olvido.11

En cuanto a las prácticas comerciales, lo habitual era el regateo pues no existía el precio fijo como hoy. Las prendas no estaban al alcance del público porque podrían deteriorarse o ser sustraídas. Muchas se guardaban en arcas o baúles12, siguiendo la tradición de que “el buen paño en el arca se vende”. Algunos clientes no iban a comprar, sino que acercaban por la tienda para echar un rato de tertulia, para hacer algún encargo o simplemente para pasar la tarde.

Muchos cameranos destacaron por su fino olfato para los negocios. Aunque la mayoría se dedicaron al comercio, fundamentalmente textil, también se ocupaban del préstamo de dinero, en una época en la que todavía no existían los bancos, con lo que algunos amasaron fortunas considerables. Estaban además abiertos a la innovación. Así, algunos diversificaban sus negocios, invirtiendo en comercios pertenecientes a diferentes ramos; otros se centraron en la exportación de productos de la tierra y en la importación de productos extranjeros, por lo que descubrieron ya la importancia de aprender idiomas.

En sus negocios fueron pioneros en la implantación de importantes cambios que se acabarían extendiendo a otros comercios malagueños, tales como marcar con un precio fijo todos los productos que estuviesen a la venta, evitando así el usual regateo; permitir la anulación de la venta si el cliente lo deseaba, devolviéndole el importe de la compra; entregar una comisión sobre las ventas a sus empleados; fijar precios más bajos que otras tiendas; o colocar los artículos en vitrinas o estanterías al alcance del cliente. Estas y otras medidas revolucionaron sus tiendas.

Con su trabajo y esfuerzo, los cameranos se situaban muy pronto. Hemos calculado en unos diez o quince años el tiempo que empleaban en independizarse y establecerse por su cuenta, aunque algunos, como hemos comentado más arriba, permanecían como empleados toda la vida en el mismo comercio, como un miembro más de la familia.

Otro punto común a algunos cameranos es su tendencia a la soltería o a casarse en edad madura. El historiador Manuel Muñoz observó ya “que tenían cierta fobia a pasar por la sacristía”. Nosotros pensamos que su entrega al trabajo era tan intensa que apenas tenían tiempo para enamorarse. Aunque es cierto que algunos se casaron a una edad temprana, otros lo hicieron a una edad ya avanzada para su época y con mujeres que tenían que ser mucho más jóvenes que ellos, si querían engendrar descendencia. Este es el caso de mi bisabuelo, Juan Alonso Cossío, hijo de cameranos, que en 1892 se casó a los 37 años con una chica que tenía veinte años menos y que fue al matrimonio obligada. María del Rosario Jiménez Jiménez era sobrina del apoderado de los Larios y su familia era la propietaria de las bodegas Jiménez y Lamothe, que acabarían comprando los Larios, lo que explica muchas cosas.

Los cameranos malagueños veneraban a la Virgen de Valvanera, de la que son muy devotos en La Rioja. Sabemos por el Archivo Díaz de Escovar que se le rendía culto en la iglesia de San Agustín. Existió en Málaga una Real y Canónica Congregación de María Santísima de Valvanera de la que en 1856 fue Hermano Mayor José Martínez de Hurtado; Consiliario Primero, Martín Larios Herreros; Consiliario Segundo, Tomás Heredia Livermore; y miembros de la Junta de Gobierno otros cameranos como Luciano Martínez de Llera. En la iglesia de San Agustín también existió un panteón de “Nuestra Señora de Balbanera” (sic), que había costeado la Hermandad de castellanos (recordemos, una vez más, que La Rioja entonces pertenecía a Castilla la Vieja).



En las obras de restauración de la iglesia de San Agustín llevadas a cabo en los años 2003 y 2004, aparecieron algunos sepulcros de cameranos, como el de los hijos pequeños de Manuel Agustín Heredia o el del hermano mayor del primer marqués de Larios, Manuel Domingo Larios, fallecido en 1830 a los 44 años.

Nosotros, por tradición oral, hemos oído de la existencia de un cuadro de la Virgen de Valvanera que se veneraba en la iglesia de los Mártires. Hemos intentado localizarlo y el sacristán recordaba haberlo visto colgado en la sacristía, porque era una reproducción estampada o fotográfica. Ya nadie sabe dónde está.

APÉNDICE: COMERCIANTES CAMERANOS EN CALLE NUEVA SEGÚN EL PADRÓN MUNICIPAL DEL AÑO 1865

Según el padrón municipal fechado el 20 de enero de 1865, conservado en el Archivo Municipal de Málaga, vivían en calle Nueva 201 varones y 146 hembras, sumando un total de 347 vecinos. En esta calle, la más comercial de Málaga, existían 68 números, de los que uno correspondía a la iglesia de la Concepción (el 29), otro estaba sin habitar (46) y otros tres habían pertenecido al camerano Luciano Martínez (28, 30 y 32), fallecido el año anterior. Estas tres últimas casas se habían derribado para construir el pasaje que aún hoy lleva su nombre, flanqueado por dos espectaculares edificios, uno a cada lado del citado pasaje.

Señalamos en el cuadro la procedencia de los dueños de los negocios, no dónde habían nacido, pues algunos de ellos eran naturales de Málaga aunque sus padres o ascendientes procedían de los Cameros. En algunos casos el pueblo de origen no pertenece a los Cameros pero sí a La Rioja (Berceo y Munilla). El pueblo con más emigrantes era Laguna de Cameros. En la lista constan al menos 21 nombres de cameranos que ocupan 26 números de la calle Nueva, esto contando solo con los titulares de los comercios y no con los dependientes, muchos de los cuales eran también riojanos. Si a ello sumamos los que constan nacidos en Málaga pero de origen camerano que no he podido localizar, podemos afirmar que más de la mitad de la calle más comercial de Málaga estaba tomada por los cameranos.

Llama la atención que estos ocupaban especialmente el final de la calle Nueva, próximo a la actual plaza de Félix Sáenz, entonces plaza de la Alhóndiga. Si comparamos este padrón de 1865 con el de cinco años antes, podemos sumar a la lista otros cuatro cameranos más: Fernando López Gómez, Gregorio González, Luciano Martínez y Santos García Gil. Era tal la cantidad de riojanos que habitaban la calle Nueva en 1860 que en este padrón el funcionario municipal se limitaba a señalar la procedencia “Cameros”, sin precisar más.


NÚMERO DE LA CALLE NUEVA
NOMBRE
EDAD
PROCEDENCIA
1
FRUCTUOSO MÁRTÍNEZ
36
MUNILLA
9 y 11
JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ MARTÍNEZ
65
LAGUNA DE CAMEROS
25
JOSÉ FRAILE
50
LAGUNA DE CAMEROS
33
ILDENFONSO GARCÍA
65
LAGUNA DE CAMEROS
45
PANTALEÓN GIMÉNEZ MARTÍNEZ
34
NESTARES
47
SIMEÓN GIMÉNEZ MARTÍNEZ
35
NESTARES
49
MIGUEL GARCÍA JIMÉNEZ
55
BERCEO
51
JULIÁN GARCÍA
34
LAGUNA DE CAMEROS
55
MELITÓN OLMO
34
ALMARZA DE CAMEROS
57
MATÍAS OLMO
32
ALMARZA DE CAMEROS
2 y 4
JUAN GÓMEZ GARCÍA
35
LAGUNA DE CAMEROS
10
DOMINGO FERNÁNDEZ
43
VADILLOS DE CAMEROS
12
MARTÍN DOMÍNGUEZ
38
RABANERA DE CAMEROS
22
DOMINGO ALFARO
49
LAGUNA DE CAMEROS
36 y 38
PEDRO GONZÁLEZ
40
PINILLOS DE CAMEROS
40
MANUEL ÁLVAREZ FONSECA
43
LAGUNA DE CAMEROS
42 y 44
FÉLIX JOSÉ GONZÁLEZ
41
PINILLOS DE CAMEROS
50
ANSELMO RUIZ
38
RABANERA DE CAMEROS
52
PABLO IBÁÑEZ
34
VILLOSLADA DE CAMEROS
54 y 56
LEANDRO GARCÍA
34
LAGUNA DE CAMEROS
60
MATÍAS BENITO SÁENZ
31
LAGUNA DE CAMEROS


NOTAS

9- HEREDIA FLORES, Víctor, La mirada recuperada. Memoria de mujeres en las calles malagueñas, Ayuntamiento de Málaga, 2007, página 81.
10- El Avisador Malagueño, 27 de julio de 1872.
11- Copio estos últimos párrafos, con algunos añadidos, de mi libro Comercios Históricos Malagueños, Ediciones Del Genal, Málaga, 2018, página 53.
12- Así, al menos, lo hacían en los comercios madrileños de la época. DEL REGUERO, Víctor: Madrid, aquel comercio, Ediciones La Librería, 2011, página 108.

BIBLIOGRAFÍA

ALLONA Y CAÑAS, Basilio: Ensayo de monografía histórica de Laguna de Cameros, Imprenta y Librería Moderna, 1925. Hay facsímil de editorial Maxtor, 2019.

CALVO TORRE, Roberto y REDONDO MORENO, Concepción: Hijos ilustres del Camero Viejo, Instituto de Estudios Riojanos, 2005.

HEREDIA GRUND, María Pía: Memorias de una nieta de don Manuel Agustín Heredia, Ayuntamiento de Málaga, 2011. (Edición original de Rivadeneyra, Madrid, 1955).

MÉRIDA, Domingo: 3.900 calles. Enciclopedia del callejero malagueño, Ayuntamiento de Málaga, 2004.

MUÑOZ MARTÍN, Manuel: Cameranos en Málaga en el siglo XIX, Revista Isla de Arriarán, número 7, Málaga, 1996, páginas 125-136.

MUÑOZ MARTÍN, Manuel: Los promotores de la economía malagueña del siglo XIX, Colegio de Economistas de Málaga y Fundación Unicaja, 2008.

MUÑOZ MARTÍN, Manuel: La Málaga de ayer, sus vecinos y sus hechos en el recuerdo, Ediciones del Genal, Málaga, 2016.

PAREJO, Antonio y otros: Grandes empresarios andaluces, LID Editorial, Madrid, 2011.

ROJO MORENO, Miguel y RUBIO DE TEJADA, Tomás: Los cameranos. Un viaje de ida y vuelta, Revista Péndulo, número 25, Málaga, 2014, páginas 138-154.

VICENTE ELÍAS, Luis: Trashumantes riojanos, Gobierno de la Rioja, 2003.