16/2/21

Negrete, en la ruta perdida de las librerías malagueñas

Por José M. Domínguez Martínez 

(Artículo publicado en el blog Tiempo Vivo el 15 de enero de 2021)

El dicho popular, de dudosas raíces intelectuales, retrataba Málaga como una ciudad más que refractaria para acoger librerías en su entramado urbano. No es en absoluto verdad. Málaga tuvo significados establecimientos de esa naturaleza cuya imagen icónica, muchos años después de haber desaparecido a raíz de la llegada de la supuesta modernidad, aún pervive entre nosotros. Algunas de ellas brillan con luz propia pese a llevar tiempo formando parte del distinguido club de los comercios malacitanos históricos desaparecidos, tras dejar una huella imperecedera. Los integrantes de mi generación no podemos esgrimir que, en nuestra adolescencia, allá por la primera parte de los años setenta, escasearan esos lugares que atesoraban tanto saber, tanto conocimiento y tanta creación literaria, en una época en la que no podía predecirse, ni en clave de ciencia-ficción, las transformaciones que originarían las nuevas tecnologías. Aun así, éstas no han logrado erradicar esa inconmensurable invención de la mente humana que es el libro.

Ante un objeto de culto de semejante estatus, no es de extrañar que las librerías fueran lugares sagrados donde, en cualquier momento, podía producirse un milagro. Por ello era muy importante no perder la ubicación de todas ellas, cada una con su estilo y su sello particulares. En ese itinerario estaban templos de obligada visita como, entre otros, los de las librerías Denis, Ibérica, Cervantes, Proteo, Prometeo, Rayuela, Atenea, o Gibralfaro; en otras rutas de devoción nos encontramos, en algunos casos más tarde, con los rótulos de Picasso, Códice, Áncora, Jábega, o Luces. Algunas siguen en pie afrontando toda suerte de avatares y desafiando pronósticos agoreros.

Había grandes librerías y también grandes libreros. Uno de ellos regentaba un establecimiento cuyas reducidas dimensiones eran ensanchadas por sus vastos conocimientos bibliográficos y su pasión por los libros, cualquiera que fuera su género, tiempo o autor. Su pequeño santuario ocupaba un lugar destacado en las rutas a la búsqueda de contenidos literarios o académicos, enfrente de la iglesia donde Picasso visitó la pila bautismal. Pepe Negrete encarnaba la representación de la esencia del librero, y su imagen forma parte de la historia de la cultura malagueña.

Su figura se incorpora a las bases del proyecto MLK, de la mano de un gran conocedor del erudito, que, a través de un emotivo y documentado artículo, fruto de su propia experiencia, nos acerca a ese inolvidable e inigualable personaje.

 


(Imagen tomada de Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Calle_Granada#/media/Archivo:CalleGranada1.jpg)

15/2/21

La librería de Pepe Negrete

Por José F. Domínguez Franco

En la calle Granada, muy cerca de la Iglesia de Santiago, casi enfrente, estaba la librería de Pepe Negrete. También recuerdo con nostalgia otras librerías que ya han desaparecido, como Denis o la Librería Ibérica, pero sin entrar en comparaciones, la de Pepe dejó en mí una huella imborrable.

Podríamos diferenciar muchos tipos de librerías, por su tamaño, por su especialización, etc. En este caso, no era ni muy grande, ni muy especializada, simplemente era una librería con personalidad propia. Era especial por la persona que la regentaba, Pepe Negrete.

Confieso que la primera vez fui por casualidad, por cercanía a mi domicilio. Tenía que comprar un libro como lectura para las clases de literatura, en mi barrio no había ninguna librería y alguien me habló de la suya, que no quedaba muy lejos de mi casa. La amabilidad y cercanía con la que me trató, hizo que para la compra de los siguientes libros volviera a acudir a la de Pepe.

Mostraba un conocimiento literario y editorial amplísimo. Daba igual la obra por la que se le preguntara, enseguida sabía decir si lo tenía o no -en caso de no tenerla te la encargaba- y la editorial o editoriales en que estaba publicada. Al principio, como decía, iba a comprar libros “obligado” por mis profesores, pero poco a poco, con su trato, sus preguntas y sus consejos, empezó a contagiarme el amor a la lectura. Ya no me conformaba con libros prescritos, sino que empecé a leer otras obras clásicas de la literatura, de las que él siempre me buscaba la edición más económica. Esos ejemplares de la Colección Austral con sus colores temáticos, editorial Ebro, Bruguera, y otras ya desaparecidas que solucionaban la vida a estudiantes con poco dinero. De este modo, además, llevó a cabo una labor formidable para difundir la cultura.

Tengo un amigo, gran bibliófilo, que también guarda en su memoria con cariño a Pepe Negrete. Ha viajado por todo el mundo, y visitado muchas librerías, pero me dice que Negrete era único, con sus vastos conocimientos, y su gran sencillez. Con su trato personal y cercano, hacía que te sintieras especial, te recomendaba qué leer en función de tus gustos, te asesoraba, y te buscaba el libro. Recuerda haberle pedido por ejemplo que le recomendara una traducción de Stendhal, y que le contestara ipso facto sin dudar un momento que Consuelo Berges era la mejor. Daba sentido y prestigio al oficio de librero. Hoy en día, desde la mercadotecnia se repite machaconamente el mantra de mejorar la “experiencia del cliente”, pero eso era algo que Pepe, así como otros muchos comercios tradicionales, ya tenían claro hace muchos años.

Recuerdo la ilusión de acercarme a su librería, en esa Málaga de principios de los ochenta, bajando la calle Granada desde la Plaza de la Merced. Allí solía estar siempre sentado con algún libro a mano en su pequeña librería. Como Montaigne en su torre, rodeado de libros. No se trataba de comprar el Cantar de Mío Cid, La Celestina o el Lazarillo de Tormes porque hubiera que hacer un trabajo para clase. Iba por el placer de la lectura y la magia de descubrir nuevos libros, a lo que él colaboraba gustoso. Cuanta felicidad… primero fue cualquier clásico de la literatura española: Lope de Vega, Quevedo, Calderón de la Barca, Gracián, Cervantes... o los grecolatinos. Avanzando en el tiempo, Larra, Espronceda, Pérez Galdós, Unamuno, Valle Inclán, Baroja, Machado… Y de ahí a otras épocas, países, formatos, culturas y temáticas. En definitiva, un viaje por un camino que afortunadamente no tiene fin, y por el que aún sigo transitando con la ilusión de aquel adolescente y realizando descubrimientos.

Todavía a veces, me gusta deambular sin rumbo, dando un paseo sin prisas, por calle Granada y otras adyacentes de la Málaga antigua, y casi puedo rememorar las sensaciones de aquellos años, y en ocasiones, por un segundo, tengo la impresión de que allí sigue la librería de Pepe Negrete.

En estos tiempos de rapidez y aceleración, de cuando en cuando vuelvo a los clásicos en busca de un remanso de paz. Frente al exceso de información en pantallas, incesantes zumbidos y entradas de notificaciones en nuestros dispositivos, frente a todo ese ruido, releer pasajes de obras clásicas, atemporales e imperecederas, serena el espíritu y ayuda a tener una visión más equilibrada de las cosas, a no perder la perspectiva, y a fortalecer nuestras dotes para el pensamiento crítico. De vez en cuando hay que parar para reposicionarse en el mundo. Me gusta coger aquellos libros que muestran en sus páginas el transcurso de los años, muchos de ellos adquiridos en la librería de Pepe, ajados por el paso del tiempo, con sus páginas oscurecidas, color parduzco o sepia, pero cargados de serenidad y sabiduría. Como en tantas otras cosas, los clásicos acertaban, y mejor mucho de algo bueno, en profundidad, que no muchas cosas (“multum, non multa”), como también recogió Lope en su inmortal soneto “Libros, quien os conoce y os entiende”.

Pepe Negrete falleció muy pronto, demasiado pronto, en 1987. Sólo puedo concluir diciendo que era una persona entrañable, que amaba los libros y que transmitía esa pasión a quien tuviera alguna predisposición al respecto. Muchas gracias, Pepe.

 

 

(Imagen tomada del siguiente enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2020/10/25/malaga-libros-incontables-librerias-27396131.html)

24/8/20

Málaga y sus cines

Por José Mª. López Jiménez

El denominado provisionalmente como “Proyecto MLK”, promovido por el Instituto Econospérides, comenzó su andadura en la transición entre los lejanos años de 2018 y 2019. Desde entonces, se han ido acumulando aportaciones, e incluso se mantuvo una reunión presencial a mediados de 2019. 

A la espera de que la situación sanitaria permita el definitivo impulso del proyecto y su materialización, al menos, en forma de libro, nuestro propósito es el de seguir añadiendo referencias al blog del proyecto, como la presente, relacionada con los cines de Málaga, que puedan resultar de utilidad en la fase de ejecución.

En mi recuerdo, siempre he identificado la fachada norte de la plaza de Uncibay, en el tramo que hace esquina con la calle Casapalma, con un moderno edificio de oficinas algo fuera de lugar, y con la entrada a una discoteca (Plató, años atrás, Andén, más recientemente), por la que en alguna ocasión me dejé caer.

Sin embargo, hasta bien entrada la década de los 70 del pasado siglo, este entorno se definió por otra estética y por otra forma de diversión más refinada, representada por el cine. A ello se refiere Víctor Heredia en el artículo publicado en Sur el 20 de agosto de 2020 titulado “Málaga Cinema, cuando la modernidad se hizo popular”. En este artículo se da cuenta de la inauguración de esta sala en agosto de 1935, con la proyección de la cinta “La hermana San Sulpicio”, cuya referencia arquitectónica (el Movimiento Moderno) y su forma de barco y sus detalles marineros generaron la general adhesión popular. El proyecto se impulsó por Juan del Río, dueño del cercano Echegaray, con una inversión de 2,5 millones de las pesetas de entonces. El aforo del cine era de 1.830 localidades (938 en el patio de butacas y 892 en el anfiteatro). La proyección postrera fue la de “La túnica sagrada”, en 1974.

Con cita a María Pepa Lara, Heredia enumera diversas categorías de cines malagueños: cines de estreno (Goya, Echegaray, Petis Palais —más tarde, Alkázar—); teatros que proyectaban películas (Cervantes, Vital Aza, Lara); cines “veteranos” del Centro (Principal, Pascualini, Victoria); cines de verano (Las Delicias); y salas de barrio (Moderno, Rialto, Plus Ultra, Excelsior, Imperial Cinema, Cinema España).

Muchas de estas salas nos las llegué a conocer, y muy pocas de ellas permanecen, en una época en la que el mundo del cine se identifica necesariamente con las grandes salas de los centros comerciales, y poco más... El cine Albéniz es una “rara avis”, el último superviviente, que ofrece, además, cintas europeas y menos “hollywoodianas”.

Han llegado a 2020 teatros como el Cervantes y el Echegaray, que también guardan relación con el mundo del cine gracias al Festival de nuestra ciudad, que se ha convertido en una referencia nacional. También merece ser citado, en este sentido, el teatro Alameda (ahora, teatro del Soho), modernizado por el universal Antonio Banderas, uno de los grandes embajadores de Málaga y de sus expresiones culturales y sociales.

Los cines del Centro de Málaga llegaron a marcar nuestros años de juventud, como los de tantos, e incluso nos permiten recordar las películas que vimos en cada uno de ellos. Además de los mencionados Echegaray (“Kika”, “El rey león”, por ejemplo), Albéniz (“El juego de lágrimas”, “Drácula”, “Terminator 2”), hemos asistido a estrenos en el Astoria (“Titánic”, “Pulp Fiction”, “Instinto básico”) o en el Andalucía.

En la periferia del Centro, cómo no recordar el América Multicines (“Abierto hasta el amanecer”, “Historias del Kronen”, “Desperado”), donde por primera vez asistí a una sesión “golfa”, con hora de inicio a las 12 de la noche, en la que junto con la entrada y por el mismo precio se entregaba a cada asistente un refresco.

En cuanto a los cines de barrio, nunca olvidaré la Navidad en la que en el Coliseum asistí a “Regreso al futuro”, las tardes de los domingos, con mi hermano mayor, en el Regio (“Cuentos asombrosos”), o el Palacio del Cine, después reconvertido en bingo, donde no vi “Los bingueros” pero sí “El currante” (hay que aclarar que solo el inicio, pues, por alguna razón, mi abuelo Felipe y mi hermano Eduardo solo me dejaron presenciar las aventuras preliminares de Pajares y creo que también de Esteso, que aún mantengo grabadas a fuego en la memoria...).

Por último, y más ahora en esta época de pandemia, también vienen a la memoria recuerdos dulces de los cines de verano. El que más que marcó fue el de La Cala Del Moral (“Karate Kid”, “Los Goonies”, “Indiana Jones y el templo maldito”) y, en menor medida, el de El Rincón de la Victoria, con sus proyecciones dobles y sus asientos de hierro pintados de azul... 

El cine de verano de La Cala fue derribado para la construcción de un edificio con vistas al mar; en una segunda etapa, mucho más reciente, también pude asistir al nuevo cine de verano “Las Palmeras”, que, aunque sin actividad, todavía persiste. 

El Málaga Cinema echó el telón con “La túnica sagrada”, pero, puestos a soñar, ¿por qué no imaginar una resurrección de nuestros cines del Centro y de nuestros cines de verano?

 
 
 (Imagen tomada del archivo de la UMA: http://archivocti.uma.es/icaatom/index.php/HHCIz;isad?sf_culture=es)