20/5/19

Breve historia de la confitería Casa María Manín


Por José M. Huertas Moreno

En los días previos a la Navidad de un año de la primera mitad del siglo XIX, doña María Manín bajó al portal de su casa, como hacía normalmente por estas fechas, con una bandeja en la que se exhibían al público los dulces, roscos de vino y bollitos, que ella misma hacía de acuerdo con las recetas de su madre y anteriormente de su abuela.

Empezó como un entretenimiento, y por el consejo de familiares y amigos que habían tenido la fortuna de probar en la intimidad de su hogar, la elaboración de aquellos dulces cuyo olor y sabor no tenían semejanza con los habituales.

De esta forma se inició una actividad confitera, que se iba a convertir en un hito de la tradición confitera de Málaga y que durante más de un siglo deleitó a malagueños y visitantes, no solo con el sabor de sus especialidades, sino también con el olor que inundaba la Calle Granada cuando los dulces salían de su hornada.

La demanda y el éxito de los dulces de aquel portal obligó a buscar un local que diera satisfacción a los malagueños que cada día se acercaban a comprarlos. Así aparece una pequeña confitería, en el año 1894, Casa María Manín, primero en Calle Granada, en el número 35, y, posteriormente, en el número 20 de la misma Calle, ya con un obrador que ocupaba tres plantas encima de la misma tienda, lo que permite abrir no solo por Navidad sino durante todo el año. Es en este establecimiento donde inicialmente la familia García Marín, seguida de la Moreno García y continuada por la Huertas Moreno, respetando siempre la tradición familiar en la transmisión por la rama femenina del negocio, producen, exponen y venden sus productos.

Aquella ampliación, lógicamente, obligó a la contratación de trabajadores y a la adquisición de las máquinas básicas tradicionales de una confitería de la época. Esta, llamemos modernización, no representó el más mínimo cambio en la forma de elaboración, en el uso de las mejores materias primas y en la acertada aplicación de las recetas, ni, por lo tanto, en la calidad de los productos elaborados.

En tiempos de la Familia Moreno García, siguiendo la tradición familiar, los cuatro hijos del matrimonio de don Manuel Moreno y doña María García, Agustín, María (fallecida prematuramente), Elisa y Manolo ayudan en la tienda, con independencia de los estudios que cada uno realizaba, especialmente en Navidades. En esa época tal era la fama de la Confitería que, con motivo de una visita de la Familia Real a Málaga, los Infantes fueron a la Confitería a degustar algunos de sus dulces, como muestra de una tradición malagueña.

Con motivo del fallecimiento del matrimonio García Moreno, y en especial el de doña María García, que era la que regentaba la Confitería, ayudada, obviamente, por su marido, toma el relevo, según la tradición familiar, la única hija existente, Elisa, que, al casarse con don José Huertas, inicia la última época de Casa María Manín, con la familia Huertas Moreno.

En esta época, en consonancia con el desarrollo general de España, la Confitería se moderniza y los brazos de los trabajadores manuales se sustituyen, al menos parcialmente, por máquinas amasadoras, mezcladoras, etc., e incluso el horno de leña da paso al horno eléctrico. Estos adelantos se hacen sin menoscabo de la calidad y, sobre todo, del sabor y del olor de los dulces originarios, que, como se ha dicho antes, continuaba inundando la Calle Granada, al salir los productos del horno.

Además de lo anterior, se producen dos hechos importantes respecto a la elaboración y la venta de los productos confiteros. Primero se amplía la oferta de productos, que se suman a los bollitos y roscos tradicionales, y, segundo, el hecho, no muy habitual en aquellos momentos, de que, dada la demanda, no solo se vende en el propio establecimiento, sino que se exporta a otras ciudades españolas e incluso al extranjero, donde viven malagueños deseosos de paliar, a través de los productos de María Manín, la añoranza de su tierra.

En definitiva, en esta última época, contemplamos una Casa María Manín que ha crecido en oferta, aunque los roscos y los bollitos siguen constituyendo el núcleo de todos los productos elaborados, sin menoscabo del carácter familiar de la actividad confitera, dado que por aquel entonces, como era tradicional, más de la mitad de los trabajadores dirigidos por don José Huertas, que estuvo siempre implicado al máximo en el obrador de la Confitería, eran miembros más o menos lejanos de la familia Huertas Moreno, mientras que doña Elisa Moreno, en la trastienda, vigilaba la forma en que se atendía al público.

Esta circunstancia del carácter familiar de los trabajadores del obrador representaba un valor añadido al de los dulces elaborados, ya que, a la singularidad de las recetas de elaboración de sus productos típicos y a la calidad de las materias primas, se unía un factor constante en Casa María Manín desde su fundación, la convicción de que estaba elaborando un producto propio, singular y único.

Desafortunadamente, la muerte de don José Huertas a la edad de 59 años, en el año 1966, y el hecho de que ninguno de sus hijos, José Manuel, Antonio y Elisa, sintieran esa vocación confitera, que, con independencia y por encima del aspecto puramente comercial, había que tener para llevar adelante esta actividad tan familiar y entrañable como era la Casa María Marín, obligó a doña Elisa Moreno a cesar en las actividades de la Confitería, al año de la muerte de su marido.

Con ello se acabó una tradición malagueña y familiar que había durado desde la primera mitad del siglo XIX hasta la segunda del siglo XX.