6/9/21

El último escribano de Málaga

Por Sergio Núñez

Todos retenemos un olor o un sabor de cuando éramos pequeños, pero yo también retengo un sonido, el sonido de la máquina de escribir, por supuesto, manual, sin ningún tipo de electrónica, de mi padre.

En calle Granada nº 65, en la misma acera de la librería de Pepe Negrete y de ultramarinos Zoilo, mi padre tenía un mini local donde a duras penas cabían una mesa y cinco sillas. Antiguamente, la planta superior le había servido de vivienda. Para entrar al local había que agachar la cabeza, si no querías chocar con el marco; aún así, creo que era un o de lo locales más visitados de calle Granada, pues a las ocho de la mañana, hora de apertura del negocio, ya había varias personas guardando su turno en la cola para ser atendidos.

De igual manera, a la hora del cierre, siempre había alguna persona que deseaba ser atendida fuera de horario, siendo un sinsabor para él no poder atenderla, pues se tenía que marchar tras muchas horas tras su escritorio; el tener que decir  no, le apenaba profundamente…. por este motivo, he sido testigo de cómo en numerosas ocasiones mi padre volvía a abrir el local para atender a esa  persona que venía de algún pueblo lejano y que ni pesetas suficientes tenía para volver a coger el autobús, suponiéndole un gran esfuerzo volver otro día por haber llegado fuera de horario.

Sí, mi padre era escribano, el último escribano de Málaga, como así lo nombraron tras una entrevista en un periódico de la época, en los años setenta del siglo pasado. En esos años, su trabajo, el trabajo de escribano o memorialista, estaba muy solicitado, dado que el nivel de alfabetización era muy deficiente.

Mi padre lo mismo redactaba contratos de obra donde se incluían todos los tecnicismos relacionados con el tema, como cartas dirigidas a una madre y que transmitían todo el cariño de un hijo que estaba en la mili, o era testigo de mil historias de familias, de amigos, de amores y desamores, por lo que muchas personas depositaban en él su confianza, que transformaba en letras cargadas de sentimientos.

Así, recuerdo que él leía la carta recibida y posteriormente redactaba la carta que iba a ser remitida como respuesta.

Pasaba a máquina desde relatos y poesías hasta solicitudes y peticiones a diferentes organismos públicos, impresos varios de todo tipo y un largo catálogo de trabajos, todos con el típico sonido de las teclas, mientras, sin mirar el teclado, preguntaba a las personas si les parecía bien lo escrito, en folios o cuartillas según el formato adecuado para cada caso.

Algún cliente agradecido le traía un café del Café Aranda, famoso local de la época y de la estampa malagueña, que quedaba prácticamente enfrente a su local, o, en otras ocasiones, le daban una pequeña propina.

Como herramienta principal y amiga inseparable, como ya he señalado, su máquina de escribir. Una de ellas, concretamente, la Olivetti M40 de los años 30, aún descansa, quedando expuesta como una joya, en lo alto de un antiguo aparador en mi casa.  Si  ella hablase…

Mi abuelo Justiniano fue el precursor de la dinastía de los escribanos, antes que mi padre, Emilio y, por último, mi hermano Jorge siguió sus pasos durante unos años.

El local, ese local por el que tantas historias desfilaron a través de la máquina de escribir a las  que dieron vida las manos de mi padre, ahora se ha convertido en parte del hotel Palacio Solecio de calle Granada.

Por último, he de aclarar el titular del artículo de periódico que acompaña este post, donde se nombra a mi padre como Luis, cuando en realidad se llamaba Emilio; al parecer, mi abuela deseaba que se llamase Luis y mi abuelo quería llamarlo Emilio. A la hora de inscribirlo en el Registro Civil, mi abuelo fue solo y lo inscribió con el nombre que a él le gustaba, Emilio, pero la familia y los amigos le llamaban Luis, tal como mi abuela quería.

Años más  tarde, cuando mi padre solicitó un certificado de nacimiento para acceder al servicio militar, descubrió que se llamaba Emilio, cuando todo el mundo lo nombraba como Luis... incluso mi madre. Cosas de la vida... una historia digna de haber sido redactada por la máquina de mi padre: el último escribano de Málaga.

16/2/21

Negrete, en la ruta perdida de las librerías malagueñas

Por José M. Domínguez Martínez 

(Artículo publicado en el blog Tiempo Vivo el 15 de enero de 2021)

El dicho popular, de dudosas raíces intelectuales, retrataba Málaga como una ciudad más que refractaria para acoger librerías en su entramado urbano. No es en absoluto verdad. Málaga tuvo significados establecimientos de esa naturaleza cuya imagen icónica, muchos años después de haber desaparecido a raíz de la llegada de la supuesta modernidad, aún pervive entre nosotros. Algunas de ellas brillan con luz propia pese a llevar tiempo formando parte del distinguido club de los comercios malacitanos históricos desaparecidos, tras dejar una huella imperecedera. Los integrantes de mi generación no podemos esgrimir que, en nuestra adolescencia, allá por la primera parte de los años setenta, escasearan esos lugares que atesoraban tanto saber, tanto conocimiento y tanta creación literaria, en una época en la que no podía predecirse, ni en clave de ciencia-ficción, las transformaciones que originarían las nuevas tecnologías. Aun así, éstas no han logrado erradicar esa inconmensurable invención de la mente humana que es el libro.

Ante un objeto de culto de semejante estatus, no es de extrañar que las librerías fueran lugares sagrados donde, en cualquier momento, podía producirse un milagro. Por ello era muy importante no perder la ubicación de todas ellas, cada una con su estilo y su sello particulares. En ese itinerario estaban templos de obligada visita como, entre otros, los de las librerías Denis, Ibérica, Cervantes, Proteo, Prometeo, Rayuela, Atenea, o Gibralfaro; en otras rutas de devoción nos encontramos, en algunos casos más tarde, con los rótulos de Picasso, Códice, Áncora, Jábega, o Luces. Algunas siguen en pie afrontando toda suerte de avatares y desafiando pronósticos agoreros.

Había grandes librerías y también grandes libreros. Uno de ellos regentaba un establecimiento cuyas reducidas dimensiones eran ensanchadas por sus vastos conocimientos bibliográficos y su pasión por los libros, cualquiera que fuera su género, tiempo o autor. Su pequeño santuario ocupaba un lugar destacado en las rutas a la búsqueda de contenidos literarios o académicos, enfrente de la iglesia donde Picasso visitó la pila bautismal. Pepe Negrete encarnaba la representación de la esencia del librero, y su imagen forma parte de la historia de la cultura malagueña.

Su figura se incorpora a las bases del proyecto MLK, de la mano de un gran conocedor del erudito, que, a través de un emotivo y documentado artículo, fruto de su propia experiencia, nos acerca a ese inolvidable e inigualable personaje.

 


(Imagen tomada de Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Calle_Granada#/media/Archivo:CalleGranada1.jpg)

15/2/21

La librería de Pepe Negrete

Por José F. Domínguez Franco

En la calle Granada, muy cerca de la Iglesia de Santiago, casi enfrente, estaba la librería de Pepe Negrete. También recuerdo con nostalgia otras librerías que ya han desaparecido, como Denis o la Librería Ibérica, pero sin entrar en comparaciones, la de Pepe dejó en mí una huella imborrable.

Podríamos diferenciar muchos tipos de librerías, por su tamaño, por su especialización, etc. En este caso, no era ni muy grande, ni muy especializada, simplemente era una librería con personalidad propia. Era especial por la persona que la regentaba, Pepe Negrete.

Confieso que la primera vez fui por casualidad, por cercanía a mi domicilio. Tenía que comprar un libro como lectura para las clases de literatura, en mi barrio no había ninguna librería y alguien me habló de la suya, que no quedaba muy lejos de mi casa. La amabilidad y cercanía con la que me trató, hizo que para la compra de los siguientes libros volviera a acudir a la de Pepe.

Mostraba un conocimiento literario y editorial amplísimo. Daba igual la obra por la que se le preguntara, enseguida sabía decir si lo tenía o no -en caso de no tenerla te la encargaba- y la editorial o editoriales en que estaba publicada. Al principio, como decía, iba a comprar libros “obligado” por mis profesores, pero poco a poco, con su trato, sus preguntas y sus consejos, empezó a contagiarme el amor a la lectura. Ya no me conformaba con libros prescritos, sino que empecé a leer otras obras clásicas de la literatura, de las que él siempre me buscaba la edición más económica. Esos ejemplares de la Colección Austral con sus colores temáticos, editorial Ebro, Bruguera, y otras ya desaparecidas que solucionaban la vida a estudiantes con poco dinero. De este modo, además, llevó a cabo una labor formidable para difundir la cultura.

Tengo un amigo, gran bibliófilo, que también guarda en su memoria con cariño a Pepe Negrete. Ha viajado por todo el mundo, y visitado muchas librerías, pero me dice que Negrete era único, con sus vastos conocimientos, y su gran sencillez. Con su trato personal y cercano, hacía que te sintieras especial, te recomendaba qué leer en función de tus gustos, te asesoraba, y te buscaba el libro. Recuerda haberle pedido por ejemplo que le recomendara una traducción de Stendhal, y que le contestara ipso facto sin dudar un momento que Consuelo Berges era la mejor. Daba sentido y prestigio al oficio de librero. Hoy en día, desde la mercadotecnia se repite machaconamente el mantra de mejorar la “experiencia del cliente”, pero eso era algo que Pepe, así como otros muchos comercios tradicionales, ya tenían claro hace muchos años.

Recuerdo la ilusión de acercarme a su librería, en esa Málaga de principios de los ochenta, bajando la calle Granada desde la Plaza de la Merced. Allí solía estar siempre sentado con algún libro a mano en su pequeña librería. Como Montaigne en su torre, rodeado de libros. No se trataba de comprar el Cantar de Mío Cid, La Celestina o el Lazarillo de Tormes porque hubiera que hacer un trabajo para clase. Iba por el placer de la lectura y la magia de descubrir nuevos libros, a lo que él colaboraba gustoso. Cuanta felicidad… primero fue cualquier clásico de la literatura española: Lope de Vega, Quevedo, Calderón de la Barca, Gracián, Cervantes... o los grecolatinos. Avanzando en el tiempo, Larra, Espronceda, Pérez Galdós, Unamuno, Valle Inclán, Baroja, Machado… Y de ahí a otras épocas, países, formatos, culturas y temáticas. En definitiva, un viaje por un camino que afortunadamente no tiene fin, y por el que aún sigo transitando con la ilusión de aquel adolescente y realizando descubrimientos.

Todavía a veces, me gusta deambular sin rumbo, dando un paseo sin prisas, por calle Granada y otras adyacentes de la Málaga antigua, y casi puedo rememorar las sensaciones de aquellos años, y en ocasiones, por un segundo, tengo la impresión de que allí sigue la librería de Pepe Negrete.

En estos tiempos de rapidez y aceleración, de cuando en cuando vuelvo a los clásicos en busca de un remanso de paz. Frente al exceso de información en pantallas, incesantes zumbidos y entradas de notificaciones en nuestros dispositivos, frente a todo ese ruido, releer pasajes de obras clásicas, atemporales e imperecederas, serena el espíritu y ayuda a tener una visión más equilibrada de las cosas, a no perder la perspectiva, y a fortalecer nuestras dotes para el pensamiento crítico. De vez en cuando hay que parar para reposicionarse en el mundo. Me gusta coger aquellos libros que muestran en sus páginas el transcurso de los años, muchos de ellos adquiridos en la librería de Pepe, ajados por el paso del tiempo, con sus páginas oscurecidas, color parduzco o sepia, pero cargados de serenidad y sabiduría. Como en tantas otras cosas, los clásicos acertaban, y mejor mucho de algo bueno, en profundidad, que no muchas cosas (“multum, non multa”), como también recogió Lope en su inmortal soneto “Libros, quien os conoce y os entiende”.

Pepe Negrete falleció muy pronto, demasiado pronto, en 1987. Sólo puedo concluir diciendo que era una persona entrañable, que amaba los libros y que transmitía esa pasión a quien tuviera alguna predisposición al respecto. Muchas gracias, Pepe.

 

 

(Imagen tomada del siguiente enlace: https://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2020/10/25/malaga-libros-incontables-librerias-27396131.html)

24/8/20

Málaga y sus cines

Por José Mª. López Jiménez

El denominado provisionalmente como “Proyecto MLK”, promovido por el Instituto Econospérides, comenzó su andadura en la transición entre los lejanos años de 2018 y 2019. Desde entonces, se han ido acumulando aportaciones, e incluso se mantuvo una reunión presencial a mediados de 2019. 

A la espera de que la situación sanitaria permita el definitivo impulso del proyecto y su materialización, al menos, en forma de libro, nuestro propósito es el de seguir añadiendo referencias al blog del proyecto, como la presente, relacionada con los cines de Málaga, que puedan resultar de utilidad en la fase de ejecución.

En mi recuerdo, siempre he identificado la fachada norte de la plaza de Uncibay, en el tramo que hace esquina con la calle Casapalma, con un moderno edificio de oficinas algo fuera de lugar, y con la entrada a una discoteca (Plató, años atrás, Andén, más recientemente), por la que en alguna ocasión me dejé caer.

Sin embargo, hasta bien entrada la década de los 70 del pasado siglo, este entorno se definió por otra estética y por otra forma de diversión más refinada, representada por el cine. A ello se refiere Víctor Heredia en el artículo publicado en Sur el 20 de agosto de 2020 titulado “Málaga Cinema, cuando la modernidad se hizo popular”. En este artículo se da cuenta de la inauguración de esta sala en agosto de 1935, con la proyección de la cinta “La hermana San Sulpicio”, cuya referencia arquitectónica (el Movimiento Moderno) y su forma de barco y sus detalles marineros generaron la general adhesión popular. El proyecto se impulsó por Juan del Río, dueño del cercano Echegaray, con una inversión de 2,5 millones de las pesetas de entonces. El aforo del cine era de 1.830 localidades (938 en el patio de butacas y 892 en el anfiteatro). La proyección postrera fue la de “La túnica sagrada”, en 1974.

Con cita a María Pepa Lara, Heredia enumera diversas categorías de cines malagueños: cines de estreno (Goya, Echegaray, Petis Palais —más tarde, Alkázar—); teatros que proyectaban películas (Cervantes, Vital Aza, Lara); cines “veteranos” del Centro (Principal, Pascualini, Victoria); cines de verano (Las Delicias); y salas de barrio (Moderno, Rialto, Plus Ultra, Excelsior, Imperial Cinema, Cinema España).

Muchas de estas salas nos las llegué a conocer, y muy pocas de ellas permanecen, en una época en la que el mundo del cine se identifica necesariamente con las grandes salas de los centros comerciales, y poco más... El cine Albéniz es una “rara avis”, el último superviviente, que ofrece, además, cintas europeas y menos “hollywoodianas”.

Han llegado a 2020 teatros como el Cervantes y el Echegaray, que también guardan relación con el mundo del cine gracias al Festival de nuestra ciudad, que se ha convertido en una referencia nacional. También merece ser citado, en este sentido, el teatro Alameda (ahora, teatro del Soho), modernizado por el universal Antonio Banderas, uno de los grandes embajadores de Málaga y de sus expresiones culturales y sociales.

Los cines del Centro de Málaga llegaron a marcar nuestros años de juventud, como los de tantos, e incluso nos permiten recordar las películas que vimos en cada uno de ellos. Además de los mencionados Echegaray (“Kika”, “El rey león”, por ejemplo), Albéniz (“El juego de lágrimas”, “Drácula”, “Terminator 2”), hemos asistido a estrenos en el Astoria (“Titánic”, “Pulp Fiction”, “Instinto básico”) o en el Andalucía.

En la periferia del Centro, cómo no recordar el América Multicines (“Abierto hasta el amanecer”, “Historias del Kronen”, “Desperado”), donde por primera vez asistí a una sesión “golfa”, con hora de inicio a las 12 de la noche, en la que junto con la entrada y por el mismo precio se entregaba a cada asistente un refresco.

En cuanto a los cines de barrio, nunca olvidaré la Navidad en la que en el Coliseum asistí a “Regreso al futuro”, las tardes de los domingos, con mi hermano mayor, en el Regio (“Cuentos asombrosos”), o el Palacio del Cine, después reconvertido en bingo, donde no vi “Los bingueros” pero sí “El currante” (hay que aclarar que solo el inicio, pues, por alguna razón, mi abuelo Felipe y mi hermano Eduardo solo me dejaron presenciar las aventuras preliminares de Pajares y creo que también de Esteso, que aún mantengo grabadas a fuego en la memoria...).

Por último, y más ahora en esta época de pandemia, también vienen a la memoria recuerdos dulces de los cines de verano. El que más que marcó fue el de La Cala Del Moral (“Karate Kid”, “Los Goonies”, “Indiana Jones y el templo maldito”) y, en menor medida, el de El Rincón de la Victoria, con sus proyecciones dobles y sus asientos de hierro pintados de azul... 

El cine de verano de La Cala fue derribado para la construcción de un edificio con vistas al mar; en una segunda etapa, mucho más reciente, también pude asistir al nuevo cine de verano “Las Palmeras”, que, aunque sin actividad, todavía persiste. 

El Málaga Cinema echó el telón con “La túnica sagrada”, pero, puestos a soñar, ¿por qué no imaginar una resurrección de nuestros cines del Centro y de nuestros cines de verano?

 
 
 (Imagen tomada del archivo de la UMA: http://archivocti.uma.es/icaatom/index.php/HHCIz;isad?sf_culture=es)

3/5/20

“Comercios malagueños que dejaron huella”, de Fernando Alonso y Jorge Alonso

(Artículo publicado originariamente en el blog Todo son finanzas el día 3 de mayo de 2020)

Por José Mª López Jiménez

La crisis sanitaria nos obliga a redefinir la relación con el espacio y con el tiempo, el equilibrio entre lo urbano y lo rural, incluso a nosotros mismos.

Desde las ventanas y balcones nos duele contemplar las calles de nuestra ciudad, ayer repletas de confianza y de vida, de una actividad económica y mercantil fulgurante, hoy vacías.

El coronavirus nos ha obligado a revisar nuestros planes vitales y profesionales, la agenda y las prioridades. Uno de los proyectos más ilusionantes de 2020 era el provisionalmente llamado Proyecto Mlk, auspiciado por el Instituto Econospérides. A mediados de marzo se iba a desarrollar la reunión de trabajo que, en principio, serviría para impulsar definitivamente el proyecto. En cualquier caso, los avances han sido notables, como se puede comprobar si se visita su página web.

Por el contrario, apenas unos meses antes de la Gran Interrupción, en el lejano mes de noviembre de 2019, vio la luz “Comercios malagueños que dejaron huella”, de Fernando Alonso González, con la colaboración de Jorge Alonso Oliva, y con un objeto parcialmente coincidente con el de Proyecto Mlk, lo que denota el interés que despierta la historia de Málaga.

La obra ha sido editada por Promotora Cultural Malagueña, con la coordinación de Ediciones del Genal, la colaboración de Librerías Proteo y Prometeo, y el patrocinio de Edufinet (Edufiemp), el proyecto de educación financiera de la Fundación Unicaja y Unicaja Banco.


Se presentó, ante casi todas las familias que aparecen en el libro, en el salón de actos de Unicaja Banco de la Plaza de la Marina, el 22 de enero de 2020, con la intervención de José M. Domínguez, en su condición de Director del Proyecto Edufinet, previa a la de los dos autores. En el blog Tiempo Vivo se puede acceder a los principales aspectos de su exposición.

Si en “Comercios históricos malagueños” (aquí se puede leer nuestra reseña) Fernando Alonso se centró en establecimientos todavía vivos en el momento de su publicación (tristemente, algunos han desaparecido entre obra y obra), los de “Comercios malagueños que dejaron huella” forman parte de ese firmamento de tiendas e industrias definitivamente desaparecidas, pero que sirvieron para tejer los recuerdos y los sueños de quienes, en mayor o menor medida, los pudimos conocer.

Jorge Alonso, tras el apartado introductorio (“Fernando Alonso, un artesano de la memoria”) y el que sirve de broche final (“Regreso a la Ciudad del Paraíso”), se encarga, a través de breves comentarios intercalados a lo largo de la obra (el fútbol en Málaga, la vida en el Parque, el colegio de San Agustín, los cines de verano, los balcones…), de mostrar toda la fuerza de los indelebles sentimientos asociados a cada rincón y a cada manifestación de lo que fue nuestra ciudad antes de convertirse en una gran metrópoli.

El estudio de Fernando Alonso se basa en el análisis documental (entre otros archivos, del Díaz de Escovar, de la Fundación Unicaja) pero, sobre todo, en las entrevistas personales a los descendientes de quienes fueron titulares de todos estos comercios (el lector más atento me podrá encontrar en las páginas de la obra; gracias a Fernando, por otra parte, he descubierto que también podría tener raíces en Laguna de Cameros, en esa extraña pero fructífera conexión que une a La Rioja con Málaga, al ahorro con la inversión, a lo rural con lo urbano*).

En ocasiones, se deja ver en la obra una cierta amargura por la inadecuada gestión pública de la transformación de nuestra ciudad, que podría haber acelerado la pérdida de su carácter más propio y definitorio (en este sentido, véase el apartado “Al curioso lector”, págs. 19-22).

Se trata de un fenómeno que trasciende los límites de nuestro municipio, en una época en la que la globalización ha alcanzado, prácticamente, todos los rincones del planeta. Entre la preservación de la fisonomía más tradicional y el desarrollo económico y social se debe encontrar un punto de equilibrio, cuya efectiva realización no es solo responsabilidad del sector público, sino también del privado, y, por supuesto, de los propios ciudadanos, que con sus decisiones también contribuyen a conformar la apariencia y la esencia de una ciudad, nunca terminadas de perfilar del todo…

La crisis sanitaria nos sitúa ante un nuevo escenario, que bien podría llevarnos a echar de menos las grandes concentraciones de público en las calles del Centro, o la propia presencia turística. Hasta las opiniones más asentadas tienen que revisarse en estos momentos de cambio.

Como dice Jorge Alonso en la introducción, “… la ciudad más grande y distante de ahora, debe conocer y vincularse de todas las maneras, a la ciudad pequeña y encantadora de nuestros padres y abuelos, especialmente a aquel mundo proverbial y cercano de los comercios, si no queremos que se pierdan para siempre en la penosa deriva del olvido”.

La obra de Fernando Alonso y Jorge Alonso se presenta como imprescindible para quienes deseen conocer la realidad del comercio malagueño y de la ciudad en el periodo comprendido, aproximadamente, entre 1850 y 2020, y como un anclaje sólido para que sigamos creciendo sin olvidar de dónde venimos.

(*) Fernando Alonso enumera algunos de los apellidos malagueños con posible origen en la comarca camerana: Alcázar, Alfaro, Alonso, Álvarez, Benito, Calvo, de la Cámara, de los Riscos, Díaz de Tejada, Díez de Tejada, Domínguez, Elías, Enciso, Esteban, Fernández, Fraile, de la Fuente, García, Garrido, Giménez, Gregorio, Gómez, González, Gutiérrez, de las Heras, Heredia, Hernández de Tejada, Herreros de Tejada, Hurtado de Mendoza, Illera, Íñiguez, Jiménez, Larios, Lasanta, Lerdo, López, Lorenzo, Lozano, Llera, Marín, Martínez, Martínez de Tejada, Moreno, Mugüerza, Muro, Pascual, Portal, Rubio, Sáenz, Sáenz de Tejada, Sorzano, Tejada, Valle e Ysasi.
Para más detalle, nos remitimos al artículo de su autoría “Apuntes para una historia de los cameranos en Málaga (2 de 3)”, accesible en el blog del Proyecto Mlk.

31/3/20

12 cameranos que dejaron huella (12 de 12): Bonifacio Gómez Martínez (1851-1947)


Por Fernando Alonso González

Aunque Bonifacio Gómez Martínez había nacido en Granada, era hijo de Felipe Gómez de Codes, bautizado en Laguna de Cameros, el pueblo de los Larios. Estamos ante otro camerano que había emigrado al sur a mediados del siglo XIX en busca de mejores perspectivas económicas. Algunos de estos cameranos ya venían con dinero, como lo prueba el que su hijo Bonifacio estudiara la carrera de farmacia en Granada, algo entonces sólo accesible para unos pocos privilegiados.

Tras obtener el título de licenciado en 1875, pagó la nada despreciable suma de 2.000 pesetas para poder librarse de tener que hacer el servicio militar obligatorio. Comenzó a trabajar en la antigua farmacia de Juan Bautista Canales, en la calle Compañía y en 1883 tomó a su cargo la farmacia de Alfarnatejo. En 1886 es cuando compró la farmacia de la calle San Juan. En 1889 se casó con Josefa de Linares Enríquez, matrimonio del que nacieron tres hijos: Josefa, que se casaría más tarde con Antonio Mata Vergel, el de la farmacia de la calle Larios; María Manuela, que ingresaría en las teresianas y Bonifacio, llamado a ser el sucesor de la farmacia.

Bonifacio Gómez es conocido por ser el creador de la farmacia de guardia, porque su farmacia estaba abierta todo el día y cuando estaba cerrada, como vivía en el piso de arriba, con una campanilla primero y un timbre eléctrico después, atendía a todo aquel que necesitara un medicamento, fuera la hora que fuera. Ángel González Caffarena lo recuerda con sus pantuflas elaborando preparados o recetas que le llevaba mucho tiempo preparar y por las que cobraba cantidades irrisorias. Pero lo que más llamaba la atención de Bonifacio, haciendo honor a su nombre, era su carácter bondadoso que han heredado sus descendientes (y doy buena fe de ello), del que conservamos muchas anécdotas. Así, cuando Crespo abrió su farmacia, muy cerca de la suya, en los años 30 del siglo XX le pidió permiso a Bonifacio que generosamente se lo concedió contestándole: “el sol sale todos los días para todo el mundo”. Su trato humanitario y su cristiano estilo de vida (iba a misa todos los días a la cercana iglesia de San Juan), le granjearon desde el principio el cariño de los pobres a los que Bonifacio no sólo remediaba sus enfermedades, sino que también deslizaba disimuladamente unas monedas o algún billetito para paliar el hambre o la necesidad. Solía decir a menudo: “nada hay que justifique tanto mi profesión como asistir a un enfermo, evitarle dolores y contribuir a su bienestar”.

En 1935 fue nombrado Colegiado de Honor por el Colegio de Farmacéuticos de Málaga, título que con agrado exhibía en su rebotica. En un artículo publicado al día siguiente en La Unión Mercantil se hablaba de su “afabilidad venerable” y de su “laboriosidad, honradez y competencia profesional”. Bonifacio, al recoger el título, decía con modestia: “sólo he cumplido con un deber profesional”.

También fue muy conocida en Málaga su rebotica, en la que se celebraban todos los días tertulias a las que acudían otros boticarios y comerciantes de las calles aledañas, en una época en la que se disponía de más tiempo y la vida estaba bastante menos ajetreada que hoy11.

Bonifacio Gómez le puso a su farmacia el nombre de Santa Teresa, pero todo el mundo la conocía como la farmacia de don Bonifacio. Es de los pocos establecimientos comerciales de los que apenas he encontrado publicidad: no le hacía falta de tan popular que era. Llama la atención que una persona tan buena viera fallecer a todos sus seres queridos, empezando por su esposa en 1915, su hija Manuela en 1935, su hijo Bonifacio (asesinado en 1937) y su hija Josefa, en 1944. Murió el 23 de agosto de 1947, a los 96 años de edad, fallecimiento que fue muy sentido en toda Málaga, especialmente por las clases humildes que tanto le debían.

Nota.


11- Tomo este dato y otros anteriores del libro de Julián Sesmero: Paseo romántico por la Málaga comercial, Bobastro, 1985, pp. 178-180.