8/2/20

La fábrica de Amoniaco Español de Málaga y las vivencias de un ingeniero de la misma


Por Cristóbal Vidal Delgado
HISTORIA DE LA FÁBRICA
A finales de los años sesenta del siglo pasado, se constituyó la empresa Amoniaco Español. En el año 1962, Esso Mediterránea adquiere la mayoría de la empresa con el objetivo de construir una planta de Amoniaco y Fertilizantes nitrogenados en Málaga, en la carretera de Alora.
Hay que señalar que en el periodo de finales de los años cincuenta y los setenta se produce un fuerte desarrollo del sector de fertilizantes, con numerosas empresas diseminadas por toda la geografía nacional.
En 1964 se inaugura la factoría y comienza la producción. Además de amoniaco se fabricaba ácido nítrico, sulfato amónico cálcico y nitrato cálcico.
La fábrica fue construida con las más modernas tecnologías de la época, por la empresa Kellogg, y su diseño, tanto en su aspecto industrial (plantas, almacenes, instalaciones auxiliares, infraestructuras, seguridad, etc.) como en la gestión administrativa, técnica y social (oficinas, medios técnicos, organización, comedores, zonas ajardinadas, etc.), era modélico y fue referente para otras plantas que se construyeron con posterioridad.
El complejo industrial atrajo a muchos profesionales de otras zonas de España, procedentes de zonas industriales y con experiencia en este tipo de plantas, como Puertollano, La Coruña, La Felguera, Valladolid, etc. La mayoría de los técnicos y mandos intermedios no eran naturales ni de Málaga ni incluso de Andalucía, pues en aquella época apenas había industrias de este tipo en estas tierras.
Más de 300 puestos de trabajo directo generó la puesta en servicio de Amoniaco Español, llegando a superar la cifra de 400-450 puestos de trabajo con los indirectos.
La producción prevista era de 100.000 tm/año de amoniaco y 310.000 tm/año de abonos nitrogenados. También se fabricaban soluciones amoniacales N-32 y N-41. Esto suponía en aquellos años la cuarta parte del consumo nacional.
La expedición del fertilizante sólido (sulfato amónico y nitrato amoniaco) se hacía bien a granel, bien en sacos, desde las instalaciones de saquerío. Según la época del año era posible expedir más de 1000 tm/día, lo que suponía un tráfico muy intenso de camiones, que entraban y salían de la fábrica.
En los primeros años, la presencia de personal estadunidense era importante y eso perduró hasta que en 1970 la fábrica fue adquirida por SA Cros; al marcharse los técnicos americanos ingresaron muchos españoles.
De aquella época recuerdo a compañeros entrañables, algunos como Enrique Hernández Barrientos, Antonio Jiménez Rueda, Lisardo Pérez Valcárcel, Antonio Navas, Juan Denis, con los que seguí trabajando a lo largo de mi vida profesional, y otros como Salvador García Molina, Miguel Esteban, Francisco Ibáñez, Manuel Morón, Ubaldo de Castro, Bernardino León, Benito Gómez, Julio Zamora, Atilio García Ron, Miguel Gutierrez Bellido, Cándido Magdalena, Antonio Calero, Francisco Buzo, Manuel Crespo, Paco Gutierrez Arjona, Juan Duarte Zamora y otros muchos de los que recuerdo sus apellidos, pero no sus nombres, y otros más de los que retengo la imagen de sus caras, pero no sus nombres y apellidos.
La organización de la fábrica presentaba el organigrama de responsabilidades y funciones, habitual en plantas de producción continua, las 24 horas del día y los 365 días del año.
Debajo de la dirección se estructuraban los departamentos de las diferentes áreas del complejo, producción, mantenimiento, ingeniería, recursos humanos, compras y almacén, expedición, administración y seguridad. Ya en aquellos años, la seguridad era un aspecto esencial en la gestión.
Bajo los diferentes responsables de departamento se organizaban los distintos servicios, divisiones, secciones, especialidades, etc., que hacían posible la gestión de este complejo industrial.
La fórmula del amoniaco es NH3, es decir, necesita nitrógeno e hidrogeno para su fabricación. El nitrógeno se obtiene del aire y el hidrogeno de un hidrocarburo, que en aquella fabrica era la nafta, derivado del petróleo. En aquella época el precio de este producto era bajo y hacia rentable la fabricación del amoniaco. Con el tiempo, las prioridades de las refinerías cambiaron debido al incremento, entre otros, del parque automovilístico, y la producción de nafta bajo y el precio subió.
La fabricación de amoniaco dejó de ser rentable, y el Estado se vio abocado a subvencionar la nafta para no cerrar las plantas de amoniaco existentes en España. Con el tiempo, la subvención desapareció y fue necesario reformar el proceso, con fuertes inversiones, para poder utilizar otro hidrocarburo, como el gas natural. Si bien en muchas plantas las modificaciones permitieron la continuidad de estas, en otras, como en el caso de Amoniaco Español, a pesar de haber hecho las reformas, fue el principio del fin.
La compra del complejo por SA Cros fue un revulsivo, pues la empresa catalana aposto por la fábrica y realizó importantes inversiones en los años 70.
En esos años se construyeron tres nuevas plantas de fertilizantes, una de urea, otra de abonos complejos NPK y una tercera de fosfato monoamónico, que completaron el circulo de la producción de fertilizantes. Una terminal de descarga por FFCC, para la recepción de ácido fosfórico fue también construida. Esta materia prima se recibía de la planta de Fesa-Huelva (compartida al 50% entre Unión Explosivos y SA Cros), la mayor planta de este producto en Europa, que en el año 2010 dejo funcionar.
 
La puesta en marcha de estas instalaciones, especialmente la planta de urea, dio lugar además a una reducción de las emisiones de CO2 de la planta de amoniaco, dado que ese producto se utiliza para la fabricación de urea. Al consumirlo se disminuyen las emisiones a la atmosfera.
Esto supuso un salto cualitativo en evolución, desarrollo del complejo y mejora medio ambiental.
La plantilla subió a más de 400 trabajadores directos, especialmente, por la necesidad de operadores para las nuevas plantas de fabricación.
Se incrementaron de forma notable las toneladas a expedir de fertilizantes sólidos en más de cien mil. La plantilla directa y, por tanto, la indirecta, se aumentó, pudiendo estimar que más de 600 trabajadores dependían de la actividad de la fábrica. Se desarrollaron la aplicación de fertilizantes líquidos, como las soluciones amoniacales. Todo esto conllevó a la implantación de una potente red comercial con almacenes y centros de distribución diseminados por Andalucía y el resto de España. Hoy aún se puede ver alguno, como el centro de distribución de Osuna, perteneciente ya a otra empresa.
En aquellos años, en 1975 se paró la planta de sulfato amónico debido esencialmente a la bajada del precio de este fertilizante en el mercado nacional. La fabricación de Caprolactama, en una planta en Castellón, producto utilizado para la síntesis del nylon, originaba un subproducto que era el sulfato amónico, a un precio muy inferior al que se producía vía amoniaco.
Los años setenta fueron de fuerte desarrollo de la industria química y fertilizantes en España y también en Andalucía.
SA Cros, propietaria de Amoniaco Español, tenía en aquellos años doce fábricas de fertilizantes repartidos por toda la geografía, y una plantilla de más de 11.000 trabajadores. Hoy, lo que resta de esta gran empresa, tras su unión con ERT, son cuatro fábricas y algo más de mil trabajadores.
SA Cros en aquellos años 70, copaba el 35% del mercado nacional, con más de dos millones de tm. de fertilizantes. Sus productos se repartían por toda España, desde Málaga a La Coruña pasando por Castilla, Cantabria y todo el Levante y Cataluña. Su potente red comercial permitía esta logística.
En los años 80, la falta de competitividad de algunas plantas de amoniaco, debido la perdida de las subvenciones de la nafta, y la construcción de plantas de más capacidad de producción (de 1.500 tm/día) (hoy se construyen de hasta 3000-4000 tm/día), llevo a la empresa a tomar la decisión de cerrar la planta de NH3 y construir un pantalán para recibirlo por barco y así poder seguir fabricando abonos nitrogenados y complejos. El diseño y la obra fue dirigida por los técnicos de la empresa y supuso un importante logro técnico, pues se tendió una tubería de siete km de longitud desde la fábrica al pantalán, que se ubicó a algunos km de la costa. Hoy día puede verse aún el pantalán para el atraque de los barcos, como un islote aislado en medio del mar.
En los años 70 el consumo de fertilizantes complejos (NPK) se incrementó. Las empresas nacionales invirtieron en nuevas plantas sin tener presente que podría crearse un exceso de capacidad productiva. Al producirse en los años 80 la liberalización del sector por la incorporación de España a la Comunidad Económica Europea, se produjo una crisis en las empresas españolas, que obligó a ejecutar un plan de reconversión y, por añadidura, llevó al cierre de las plantas menos rentables. Estas circunstancias y unas operaciones especulativas y extrañas llevaron a SA Cros al cierre de fábricas, entre ellas la de Amoniaco Español en Málaga, que cerró sus puertas en el año 1990.
La platilla en ese momento era de 200 operarios. Una gran fábrica, con más de 25 años de servicio, dejó de aportar trabajo y riqueza. Un paso más para desindustrialización de la provincia Málaga.
EL INGENIERO CRISTÓBAL VIDAL
En junio de 1972, terminé mi carrera de Ingeniero Industrial en la ETSII de Sevilla. Estaba contento y no era para menos. Habían sido algunos años dedicados en cuerpo y alma al estudio. Lo celebramos en mi casa, reuniendo a mis amigos más íntimos, con un jamón serrano y una caja de fino San Patricio. Una celebración sencilla pero entrañable, que seguimos recordando al cabo de los años. Recuerdo a mi padre disfrutando de la reunión con mis amigos y algún cuñado.
Cuando terminas la carrera, te vienen a la mente algunas cuestiones que antes no te habías planteado: ¿y ahora qué voy a hacer?, ¿dónde encontraré trabajo?, ¿qué me ofrecerá el futuro?, ¿me gustará lo que me ofrecen?
Cuando uno estudia fantasea con el trabajo que le gustaría desarrollar al terminar la carrera y con frecuencia la realidad puede ser muy diferente y, a veces, frustrante. Por eso siempre he pensado: “lo importante es formarse, la vida ya te llevará a donde tú quieras”.
Sin duda estás contento pero tu índice de incertidumbre es alto. Estás feliz, pero desconcertado. Estás ilusionado pero preocupado por el futuro. Quieres empezar a trabajar, pero te da miedo dar el paso.
Comento esto, pues no fue una cuestión mía al terminar la carrera sino también de otros compañeros con los que compartimos estos pensamientos. De hecho, hubo un condiscípulo que no quiso terminar la carrera ese año. Le daba miedo enfrentarse a esta nueva vida.
Aquel año de 1972 se ofertó en la Escuela de Ingenieros una beca para trabajar en verano en Amoniaco Español, en Málaga. La solicité y tuve la suerte de que me la dieron para trabajar durante los tres meses de verano, julio, agosto y septiembre, en la fábrica de S.A Cros en Málaga. La beca era de 10.000 pts./mes (unos 60€). Creía que era rico.
Mi aprendizaje en aquellos tres meses fue muy variado y distinto a mi formación química en la carrera. Aprendí lo que era una fábrica, las interrelaciones entre la gente, la convivencia en el trabajo. Me enseñaron que la carrera te da una formación académica, pero que no sirve de nada si no eres capaz da aprender a comunicarte, a estar dispuesto a aprender, a mostrarte humilde y a preguntar siempre lo que uno no sabe sin miedo a mostrar ignorancia. Supe que la experiencia es el patrimonio más valorado de una empresa. Mis profesores fueron encargados y técnicos no titulados, con una gran experiencia, enorme paciencia y capacidad de compresión. Marcaron y pusieron los cimientos para mi formación posterior en electricidad, instrumentación, inspección, aspectos que los que poco sabía en mis estudios en la Escuela de Ingenieros.
Para mí lo importante de este periodo no fueron los conocimientos técnicos y los trabajos que realicé, pues, al ser jóvenes sin experiencia, era lógico que hiciéramos actividades de poca responsabilidad, pero necesarias, sino el aprender y conocer lo que era una fábrica, los problemas que se planteaban, la relación entre departamentos, la importancia de las decisiones, los malos ratos, las discusiones, el compañerismo, y lo difícil que es gestionar un grupo de trabajo. Fui una esponja y espectador de primera fila.
Fueron tres meses intensos. Vivía en casa de mi tía Silvia. Dormía en la buhardilla de la casa, un cuarto muy pequeño arriba en la zona de trasteros. Aquel verano M.ª Paz, mi novia, se fue a Málaga a pasar parte del verano, así que fueron tres meses encantadores, pues además de aprender, tenía algo de dinero y podía salir por las tardes a pasear y disfrutar los fines de semana con mi novia.
Cuando termine la practicas, presente una solicitud de trabajo. Me hacía gran ilusión, pero los compañeros no me daban muchas esperanzas de que me llamaran.
Marché a mi casa a terminar el proyecto fin de carrera y a esperar alguna oferta de trabajo a las solicitudes que había enviado.
Para mi sorpresa y alegría, me llamaron a mediado de febrero de 1973 para trabajar en la planta de Amoniaco Español. El 1 de marzo de ese año entre a trabajar como ingeniero de contacto, con un sueldo de 240.000 pts./año, lo que según la moneda actual serían unos 1445 €/año, o, lo que es lo mismo 104 €/mes en catorce pagas. ¡Cómo ha cambiado la vida!
Aunque ya conocía a alguna gente de la fábrica por mi estancia como becario el verano de 1972, la relación a partir de entonces sería distinta y el trabajo que tendría que desempeñar ya no era algo ocasional y hasta cierto punto académico, ahora seria de interés para la fábrica y evaluado por técnicos de esta.
Los primeros seis meses fui encuadrado en el departamento de mantenimiento con Juan Denis, por cierto, primo hermano de mis primas Silvia y Teresa, por ser mi tío Luis hermano del padre de aquel. Juan, con el que siempre mantuve una excelente relación, me puso a dos extraordinarios encargados, Benito Gómez y Julio Zamora, como tutores y profesores. Con ellos aprendí lo poco o mucho que puedo saber de electricidad e instrumentación y que me sirvió para poder desarrollar los trabajos que me encomendaron en los primeros años de profesión. Tengo que señalar que yo había estudiado la especialidad de química dentro de Ingeniero Industrial, por lo que la electricidad era para mí complicada, pues tenía poca formación académica.
 A esa edad y con la ilusión y ganas que uno tiene es relativamente fácil aprender y ser una esponja recogiendo información y tomando enseñanzas.
A los seis meses pasé al departamento técnico, que se había potenciado, pues se iba a desarrollar una importante ampliación en la fábrica con la construcción de tres nuevas plantas. Urea, NPK y MAP. Me iba a encargar del desarrollo de los temas eléctricos de la nueva ampliación.
Nombraron jefe del departamento técnico y de ingeniería a Antonio Jiménez Rueda, mi tutor durante muchos años de mi vida y mi gran amigo en S.A Cros, con el que mantuve una excelente relación hasta el día que falleció.
Durante tres años desarrollé los trabajos eléctricos de la ampliación. Realicé planos, participé en el montaje de equipos, viajé y visité empresas tan importantes como Siemens y me hice un experto técnico en electricidad. Tan es así que en reuniones con los técnicos de estas empresas alababan el trabajo realizado por la ingeniería de S.A. Cros en el desarrollo de los planos de los cuadros eléctricos. Lo que no sabían es que la ingeniería era solo yo, apoyado y ayudado, claro está, por mi amigo Antonio Jiménez.
En aquel tiempo realicé “trabajos de campo” (en el argot industrial es trabajar en las instalaciones de las plantas no en las oficinas), participando en el cableado de cuadros eléctricos, con otro excelente encargado, Atilio García Ron, persona culta y gran profesional, que me enseñó aspectos del trabajo que nunca podría haber yo pensado aprender.
Recuerdo que una vez al cablear un cuadro, aflojé la borna de un equipo de otra instalación, en concreto la planta de Urea y la “paré” (la dejé inactiva) por los enclavamientos que tienen por seguridad estas plantas. Me llovieron las broncas y me sentí muy afligido, pero mi jefe, Antonio Jiménez, me defendió diciendo que eso me había pasado porque me atrevía a realizar ese trabajo, y que había otros que protestaban pero que no eran capaces de ejecutarlo. Quería decir, “el que hace cosas se equivoca y el que no las hace no se equivoca nunca”. Este pensamiento ha sido básico en mi vida profesional.
Las empresas de ingeniería que realizaban la ampliación de la fábrica quisieron contratarme para trabajar con ellas, pero a mí que nunca me gustó dar saltos en el vacío, decliné la oferta en espera de otra ocasión.
 La fábrica de Amoniaco Español tenía un gran nivel de experiencia y conocimientos en sus técnicos, pues muchos de ellos provenían de los dos lugares donde en España, en aquellos años, había industria pesada, como eran Puertollano y La Felguera.
Para mi fueron tres años intensos y de un profundo aprendizaje que fueron básicos en mi formación. Uno de los problemas que tiene un joven cuando termina su carrera y se contrata en una empresa de este tipo —supongo que en otras también será así— es el desconocimiento que se tiene de lo que es una fábrica, qué es el mantenimiento, la producción, la seguridad, el trabajo a turno, los retenes de trabajo, etc., etc., lo que lleva en su conjunto a una gran inseguridad.
Una de las grandes lagunas que tenía la carrera de ingeniero en mi época —y en la actual también— es que no dan formación sobre lo que es una fábrica o complejo industrial. Un elevado número de ingenieros al terminar su carrera comienzan a trabajar en plantas o instalaciones donde les hablan de mantenimiento, producción, seguridad industrial, relaciones laborales, compras, etc., y no saben nada. Nunca les han hablado de estas cosas. Es por esto por lo que se necesita entre uno y dos años para que un joven con su carrera terminada de ingeniero empiece a rentabilizar su contratación.
Para mí, estos tres años, si bien desarrollaba trabajos que eran importantes para la fábrica, fueron además años de formación, que me sirvieron para, aparte de los conocimientos, adquirir la seguridad y la soltura para asumir mayores responsabilidades, como así fue a lo largo de mi vida profesional.
Siempre estos años han sido recordados por mí de manera especial.
Mis ingresos eran escasos y cualquier ayuda económica que me viniera era bienvenida. Juan Denis y otro compañero mío —Salvador García Molina— tenían un pequeño estudio de ingeniería donde hacían proyectos de electricidad y, por las tardes, después del trabajo, le dedicaban unas horas. Me propusieron que trabajase con ellos y me pagarían por horas. Me pareció bien y allí iba por las tardes después de salir del trabajo, al estudio, donde estaba hasta las nueve de la noche. Algunos meses cobraba por este trabajo hasta 7.500 pts., lo que suponía casi la mitad de lo que cobraba en la fábrica. Estaba bien y era una importante ayuda, el problema era que M.ª Paz, mi mujer, pasaba muchas horas sola, pues salía de casa a las 7:30 h. y no volvía hasta las 9 de la noche.
Trabajando en esta fábrica estuve hasta marzo de 1976, justo tres años. Me sentía a gusto y me habían subido el sueldo varias veces. En aquella fábrica había años que te subían dos veces el sueldo. Me sentía muy querido y arropado y me gustaba el trabajo. Trabajé mucho, pero también aprendí mucho, tal es así que me propusieron irme de Jefe de Ingeniería a la fábrica de Sevilla. No me podía negar, era una oportunidad única y el sueldo me lo doblaron. Me ofrecían 45.000 pts./mes, más ayuda para vivienda de 5.600 pts./mes.
Y así, un primero de marzo de 1979, justo a los tres años de mi entrada en Amoniaco Español, partí para Sevilla, a la fábrica que SA Cros tenía en San Jerónimo. Comenzaba otra etapa en mi vida.

25/1/20

Amoniaco Español: las huellas en la memoria personal


Por José M. Domínguez Martínez

Hace años, muchos años, conocí a un niño con un comportamiento bastante, aparentemente, extraño. Su padre había escalado a las más altas cotas del sector de la industria química y, sin embargo, el niño decía estar angustiado por él, aquejado ya por un fuerte vértigo a las alturas.

En varias ocasiones, tuve la oportunidad de visitar las instalaciones de la factoría que Amoniaco Español había establecido en Málaga a primeros de los años sesenta del pasado siglo. Ramón Guevara Castro, experto y sagaz contable, con quien me unían lazos familiares, me las mostraba con enorme orgullo. Visitar la fábrica, a escasos kilómetros del centro de la capital, en la carretera de Campanillas, era como trasladarse a las modernidades de la era industrial norteamericana. Parecía increíble que allí pudieran existir semejantes estructuras productivas y se aplicaran estándares organizativos tan avanzados. Los testimonios actuales de personas que formaron parte de la plantilla manifiestan los, para la época y en el entorno, sorprendentes atributos exhibidos en aquella empresa especializada en la producción de fertilizantes nitrogenados y líquidos (Alfonso Vázquez, “Medio siglo de una fábrica inolvidable”, La Opinión de Málaga, 7 de diciembre de 2014).

La factoría había sido inaugurada a finales de octubre del año 1964, con presencia del ministro Gregorio López Bravo, referencia esencial de los Planes de Desarrollo, así como del vicepresidente de Standar Oil Co (Ángel Escalera, “Amoniaco: una fábrica para el recuerdo”, Sur, 14 de diciembre de 2014). 

Curiosamente, el proyecto empresarial se materializó en Málaga después de haberse previsto inicialmente en Sevilla [Fernando Heredia Sánchez, “La génesis de una fábrica en la Andalucía del desarrollismo franquista: ‘Amoniaco Español, S.A.’ (1957-1964)”, Actas del III Congreso de Historia de Andalucía, Córdoba, 2001].

A través de diferentes fases, Amoniaco Español tuvo un gran relieve, tanto material como simbólico, en la estructura socioeconómica de la provincia de Málaga. Elías de Mateo y Víctor Heredia (“Málaga Tecnológica”, Fundación Málaga, 2012) han documentado el liderazgo ejercido por la factoría en algunas líneas productivas, hasta su desmantelamiento en el año 1990.

Las imágenes de la fábrica en pleno funcionamiento siguen hoy vivas en Internet, imágenes ciertamente impactantes en contraposición con la Málaga museística de nuestros días. No en menor medida lo son la gran cantidad de emisiones de gases que surgían de sus chimeneas. El mundo tiene un grave problema medioambiental. La actividad industrial ha sido muy perniciosa en ese sentido, pero eso no quita para reconocer que, queramos o no, también somos hijos de esa actividad contaminante. Tal vez, de haber sido entonces conscientes de los costes no medidos, la sociedad habría ralentizado la marcha y, quién sabe, ahora estaríamos en otra posición. Ya no se puede retroceder, aunque sí actuar con vistas a un futuro mejor y más equilibrado.

Muchas son las cuestiones de interés que suscita la evocación de una factoría de “campanillas” como la “del Amoniaco”: impacto en la base industrial, tecnología, promoción del desarrollo económico, avance de la agricultura, interrelaciones económicas, cambios de paradigmas, reconversiones, medio ambiente, relaciones laborales, etc.

Más de medio siglo después volví a encontrarme con aquel niño, de mi misma edad. Entonces me recordó que su padre, después de un periplo por Alemania como emigrante, encontró un empleo en la fábrica malagueña. Me enfatizó que esa era la palabra que le gustaba, y no la moderna acepción de migrante, entre otras cosas, porque un tío suyo compuso una copla titulada “La canción del emigrante”, que, al parecer, llegó a ser muy conocida entre los inmigrantes españoles en Francia. En ese encuentro me refrescó la memoria al decirme, emocionado, que todavía le atormentaba la idea de que su padre pudiera haberse caído desde lo alto de las chimeneas de la emblemática factoría, a las que ascendía para mantenerlas limpias.

Aspecto exterior de la fábrica del Amoniaco./ 
Fuente: Amoniaco, una fábrica para el recuerdo”, 
diario Sur, 14 de diciembre de 2014

23/1/20

“Comercios malagueños que dejaron huella”, de Fernando Alonso González


(Artículo publicado originariamente en el blog "Tiempo Vivo" el 22 de enero de 2020)
 
Por José M. Domínguez Martínez

Hoy, día 22 de enero de 2020, ha tenido lugar en Málaga la presentación pública de la obra “Comercios malagueños que dejaron huella” (ediciones del Genal, 2019), escrita por Fernando Alonso González, y que cuenta con la colaboración de Jorge Alonso Oliva.

El acto se ha celebrado en un lugar emblemático, con una elevada carga simbólica, el salón de actos de Unicaja Banco en Plaza de la Marina. El salón pertenece a esa entidad financiera, a un establecimiento comercial que se instaló en Málaga a mediados del siglo veinte y que, después de muchas transformaciones, sigue abierto al público. Sin perjuicio de ello, en realidad dicho espacio forma parte del acervo cultural de la ciudad de Málaga. En cierto modo, constituye también un pequeño museo silente, al acoger en sus paredes algunas obras pictóricas de destacados artistas del siglo diecinueve. Como la que, desde el techo, nos ilumina con espléndidas representaciones alegóricas surgidas de la misma mano maestra del autor de la icónica pintura inmortalizada en el Teatro Cervantes, “Alegoría de Málaga con su Puerto, Estación de Ferrocarril, la Agricultura, Industria y Comercio”, Bernardo Ferrándiz. Una serie de circunstancias hacían de la sala un entorno bastante propicio para la presentación de un libro de esa naturaleza.

A lo largo de treinta años, he asistido a numerosas presentaciones de libros, informes y estudios en ese salón, cuyos balcones miran al Puerto. Pero he de reconocer que la obra de Fernando Alonso resulta especialmente entrañable para los malagueños de mi generación, toda vez recoge un retrato imprescindible, en perspectiva histórica, de la añorada Málaga comercial que vivimos en nuestra infancia, lejana infancia, hacia finales de los años cincuenta y a lo largo de los sesenta del pasado siglo.

Aparte de la inevitable dosis de nostalgia, al revivir episodios que se alojan recónditamente en la memoria, la lectura del libro sirve también para tomar conciencia de la extraordinaria y meritoria base empresarial que tenía la ciudad, en una época plagada de dificultades y en la que apenas comenzaba a salirse de la autarquía económica.

Fruto de la experiencia y de las vivencias personales, varios son los elementos que, en mi opinión, conformaban el denominador común de aquellos ilustres comerciantes: ante todo, como epítome, su categoría, acompañada de atributos como la eficacia, la calidad, la profesionalidad, la disposición y la capacidad de atender cualquier necesidad, la vocación de servicio, la exquisitez en el trato, el sello de distinción, y el orgullo de marca. Eran, en suma, un magnífico exponente del espíritu emprendedor y de la laboriosidad de los malagueños y de otras personas que eligieron instalarse en nuestro municipio para desarrollar su actividad.

Su desaparición, motivada por causas muy diversas, supuso una pérdida irreparable y una descapitalización en toda regla, con efectos colaterales para la vida en el centro de la ciudad que el autor describe, con un tono de amargura, en el prefacio de la obra.

Recuperar, significar y preservar su memoria es una forma de comenzar a atender la enorme deuda de gratitud con ellos contraída.

La obra de Fernando Alonso viene así a cubrir un hueco esencial en ese sentido, aportando un estudio encomiable, aún más apreciable teniendo en cuenta la juventud del autor. En ese empeño, aunque más modestamente, coincidimos con la puesta en marcha de un proyecto incipiente, el proyecto Mlk, también dirigido a tratar de que no se pierda la huella de las empresas, proyecto en el que ya hemos contado con una docta contribución del propio Fernando Alonso.

Considero que la obra de referencia contiene un valioso repertorio de trayectorias comerciales en su contexto histórico, y permite poner de relieve el valor de una serie de compañías cuya verdadera trascendencia, de lo contrario, podría pasar desapercibida.

También representa una invitación a la reflexión sobre el devenir de la vida en la ciudad, en una época de cambios de paradigmas económicos y sociales.

Por otro lado, la historia de los 24 comercios desaparecidos glosados en el libro encuentra un perfecto complemento en las emotivas evocaciones escritas por Jorge Alonso Oliva, que vienen a añadir connotaciones sentimentales.

A raíz de todo ello, como antes señalaba, para personas de mi generación es difícil no evocar un cúmulo de imágenes de una época ya muy lejana. Ciertamente, entre otras muchas, recuerdo, como se recoge en la obra, el acontecimiento social que supuso la llegada a Málaga de la primera escalera mecánica, en los almacenes Félix Sáenz; la sorpresa que me producía la diversidad de la oferta que, en unos tiempos de escasez y austeridad, podía encontrarse en Álvarez Fonseca o Gómez Raggio; la magia incomparable de la librería Denis, donde primero, siendo un niño, acudía a comprar novelas de Julio Verne o Enid Blyton, luego los libros para el Instituto, más tarde los manuales de la Facultad y, finalmente, textos para preparar las clases o los trabajos de investigación en mi primera etapa como profesor universitario; la calidad suprema y la excelencia en el servicio de Los Alpes; o el ambiente bohemio de la Buena Sombra, cuyo salón marcaba el umbral de la adolescencia.

En definitiva, creo que debemos felicitar a Fernando Alonso y Jorge Alonso por tan magnífica obra, e instarles a que prosigan en esa senda narrativa de los comercios malagueños y de su entorno.

Y, aunque pueda parecer muy utópico, ojalá que haya comercios que puedan desafiar el destino implacable que el autor atribuye a todas las empresas en su condición de seres vivos, a los que, tarde o temprano, llega su hora final. Tal vez el caso de las empresas integrantes de clubes de Inglaterra o Francia en los que, para acceder, hay que acreditar una antigüedad de más de 200 o 300 años sea un ejemplo estimulante, y no digamos el de las empresas japonesas, aún operativas hoy, procedentes de los siglos VI y VIII de nuestra era.

En cualquier caso, sólo cabe esperar y desear que la serie de los “Comercios históricos malagueños” -anterior publicación de Fernando Alonso centrada en firmas subsistentes (en el momento de la edición)- aglutine más entradas que la serie de los que desaparecen, aunque sea necesario ir completando el inventario.